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26 Nov 2022 - 5:30 a. m.

Lenta y furiosa

Una vez superada la etapa del equilibrio, estaba lista para pasar al siguiente nivel: los pedales. Pero, tratando de evitar que mi Rocinante de dos ruedas se cayera al suelo, doblé un pie de mala manera y me embromé un tobillo. No tuve más remedio que quedarme sentada a la sombra de una acacia, viendo cómo mis compañeras iban y venían con más energía que el conejo de Duracell. Para pasar el tiempo, me puse a escribir tonterías en mi libreta. Imaginaba un pueblo de Gran Bretaña, una joven mujer, un sacerdote, una ermita del siglo XIX.

—Padre James, no estoy segura, pero creo que he pecado. Leí en un panfleto que las mujeres que montan en bicicleta pueden sufrir daños graves.

—¿A qué clase de daños te refieres, hija?

—Crisis nerviosa, aborto, esterilidad... También leí que esa máquina de dos ruedas es una amenaza para el matrimonio, que cuando nos agarramos al manillar y sentimos el viento en la cara, ¡es el diablo, padre!, el mismísimo diablo batiendo sus alas. Y eso no es todo. Hay algo aún peor.

—¿Qué puede haber peor? —acerca su cara a la ventanilla del confesionario y habla en voz baja.

—En el panfleto dice que montar en bicicleta provoca excitación sexual.

—Pero, hija, a tu edad deberías saber que no todo lo que dicen esos papeles es cierto.

—Lo sé, padre. Llevo toda la mañana pedaleando.

En clase somos cinco novatas entre los 23 y los 59 años. Los instructores de la biciescuela dicen que a los hombres les cuesta más admitir que no aprendieron a montar bicicleta a una edad temprana. Aquí cada una tiene sus motivos. El primer día, la mayor de nosotras contó que cuando era niña le pidió a su papá una bicicleta como la que tenía su hermano. El papá, dueño de una juguetería de Barcelona, le contestó: “Y el carnet de macho, ¿también lo quieres?”.

La historia de las mujeres y la bicicleta estuvo rodeada de arbitrariedades desde el principio. Las primeras ciclistas europeas descubrieron una libertad de movimiento que las normas de su tiempo condenaban. Los manuales de comportamiento de finales del siglo XIX decían que una dama jamás debía llamar la atención en la calle. Gesticular estaba mal. Hablar en voz alta estaba mal. Caminar deprisa estaba mal. ¿Montar en bicicleta estaba mal?

“Antes pensaba que lo peor que podía hacer una mujer era fumar, pero he cambiado de idea. Lo peor que he visto en mi vida es una mujer montando en bicicleta”, escribió una columnista del Chicago Tribune en 1891.

Volví a leer el manual para mujeres ciclistas que publicó la británica F. J. Erskine en 1897. Comprenderán que mi intención no era seguir las indicaciones de una dama victoriana. Lo leí para reírme un poco de las convenciones sociales de su época. Por ejemplo: “Las mujeres no deberían competir en carreras ciclistas, si es que tienen el más mínimo interés en preservar su salud; y si lo hacen, sin duda se tratará de una práctica suicida, condenada al más estrepitoso de los desastres”. En el capítulo dedicado a la vestimenta apropiada para practicar ciclismo, F. J. Erskine recomienda a sus lectoras equiparse con un par de zapatos confeccionados a medida con piel negra o marrón y unos cómodos pantalones bombachos que podían comprar en cualquier sastrería femenina. En cuanto a librarse de ese instrumento de tortura conocido como corsé, les dice que no deberían prescindir de él: solo aflojar un poco los cordones.

En mis clases empecé como todas, impulsándome con las piernas para ganar velocidad, bregando por mantener una postura relajada, mirando siempre al frente —es lo que más repiten los instructores— y procurando que mis pies no tocaran el suelo ni los pedales. Repetíamos el ejercicio una y otra vez, bajando y subiendo la cuesta de una calle hasta lograr un equilibrio sostenido. En lo que a mí respecta, unas veces obedeciendo al dictado de la paciencia y otras acribillándome con reniegos pesimistas. Lenta y furiosa.

El tercer día de clases me sentí intimidada. Por mi episodio de acrobacia de la clase anterior, parecía que había olvidado todas las lecciones. Todavía me dolía el tobillo. Le pedí a mi instructor que, por su madre, su vida y toda su descendencia, no soltara su mano de la barra de atrás. Pero en un tramo de la zona de prácticas me dijo: “¡Sigue adelante! ¡Sigue, sigue!”. La voz sonaba alejada, como si un amplio espacio la separara de mí. ¿Había llegado hasta ahí? ¿Sola? Contuve el impulso de frenar y miré al suelo de reojo. Las ruedas de mi Rocinante pasaban por encima de las sombras de los plataneros. Me abandoné al viento frío que me helaba las mejillas, a los centelleantes rayos de una dorada luz otoñal.

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sorayda.peguero@gmail.com

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