En un diálogo sobre poesía, un entrevistador les preguntó a los escritores invitados por el lugar donde nacen los poemas. Uno de los poetas que participaba en el panel es amigo mío y la pregunta, que seguía dando vueltas en su cabeza varios días después, resurgió durante un intercambio de impresiones que tuvimos la semana pasada.
No estuve presente en el diálogo, de lo contrario le hubiera dicho a mi amigo, en voz baja, desde una butaca del auditorio: “acuérdate de Lorca”. El andaluz tuvo la idea más acertada al respecto: “La poesía es el misterio que tienen todas las cosas”. Si estamos de acuerdo con él, acabaremos admitiendo que la poesía está en todas partes, sobre todo, en los ojos que miran. Y no me refiero solo a la poesía que es expresable en palabras.
En una conferencia que ofreció a un grupo de amas de casa, la artista plástica Hannah Höch dijo que la belleza se encuentra en cualquier lugar. El hecho de que el auditorio estuviera conformado por mujeres que apenas tenían tiempo para sí mismas le despertó algunas dudas. No estaba convencida de que sus palabras fueran tomadas en serio. Era consciente de que podía fracasar en su intento de transmitir que la belleza debía formar parte de sus vidas, independientemente de lo agitadas que estas fueran y justamente como un bálsamo ante esa constante agitación.
Hannah Höch habló con sus espectadoras de una mujer llamada Franziska Buch, que antes de la Primera Guerra Mundial regentaba una tienda en la Potsdamerstraße de Berlín. En su escaparate se exponían composiciones florales hechas con insólitos elementos: ramas espinosas, manojos de vainas de acacia y hierbas secas. “En cómo descubría siempre cosas nuevas y maravillas ocultas, así como formas de componer tales preciosidades, aquella mujer demostró ser una verdadera artista”.
No sé si esa capacidad para detectar maravillas ocultas es un don, o si es una habilidad que llega a perfeccionarse con el tiempo y una insistente práctica. Sospecho que es una decisión, una manera de estar en el mundo y de apreciar las cosas, no solo por lo que son o por cómo cumplen con la función y el nombre que les fue asignado, sino por la pluralidad de sus posibilidades menos obvias: el misterio.
Hannah Höch concluyó su conferencia diciendo que “Ni siquiera el último de nosotros debería perder la capacidad de mantener los ojos bien abiertos, de buscar por sí mismo”. En ese sentido, nadie está excluido del reino de la poesía. No lo estamos como espectadores, tampoco está escrito que carecemos de las habilidades propias de un poeta amateur.
Lo ideal sería mantener una especie de mirada binocular. Por un lado, dirigida a los asuntos esenciales para la supervivencia y, por otro, atenta a las cosas que hacen que nuestra estadía aquí cobre un sentido más elevado: la belleza, la poesía. Podemos cultivar esa alianza colaborativa con todo lo que nos rodea, pensar que será nuestra contribución al mundo, en palabras de Hannah Höch, nuestro patrimonio inmortal.