Una camioneta azul serpentea las calles de un barrio de Santo Domingo. Dos muchachos que están sentados en la parte trasera lanzan juguetes a los niños y las niñas que corren detrás, seguidos por un enjambre de motoristas y un séquito de perros viralatas que se sumaron alegremente a la procesión. Es la víspera del Día de Reyes. Todo el mundo sabe que sus majestades no suelen venir por aquí. Los niños lo apuestan todo a este instante de dicha inesperada.
Quizá el cuerpecito de plástico de una muñeca fue a parar a las manos de un niño por azar y no por error. El azar no siempre se equivoca. El niño no muestra ningún interés en aceptar el cambio que los muchachos sugieren. ¿Un carro de policía? ¿Una pistola de agua? ¿Un tiraflechas? Lo vieron correr hasta las fauces abiertas de un callejón con la muñeca pegada al pecho.
Esto me hace recordar algo que ocurrió en Klamath Falls. En la Academia del Sagrado Corazón celebraban una fiesta de Navidad todos los años. Las maestras, que eran todas monjas, les preguntaban a los niños qué regalos esperaban recibir de Santa Claus. Cuando llegó el turno de James, se le escuchó decir en voz alta: “Quiero una casa de muñecas”. El único que no tuvo un ataque de risa fue Bill Wilson, su mejor amigo. Juntos conformaban una dupla similar a la de Benitín y Eneas, o a la de Pinky y Cerebro, en el sentido de que Bill era extrovertido y James sumamente reservado. La respuesta de James, pronunciada ante un público infantil que había sido inoculado con el virus que usted y yo sabemos, salió de lo más profundo de su ser. “No sabía que todos se reían de mí. No me gustó el sentimiento, pero, desde ese día, empecé a pensar en mí mismo como en algo más”.
Muchas cosas pudieron pasar desde aquel día. Nuestro James, el guionista y director de cine James Ivory, pudo empezar a dominar el arte de la contención y guardar ese momento para desempolvarlo en el futuro, cada vez que se emborrachara –en caso de que adquiriera tal hábito– o cuando visitara la consulta de un psicoanalista. Afortunadamente, tenía algo mejor que hacer.
Creo saber a qué se refiere James Ivory cuando habla de “algo más”. Reconozco la fragilidad de ese algo y reconozco el riesgo de perderlo. Nos desprendemos de diversas personalidades conforme avanzamos hacia la adultez, y el juego, una de las cosas más serias que existe, es el territorio idóneo para dar rienda suelta a esa multiplicidad.
Santa Claus no le regaló la casa de muñecas que James Ivory esperaba: le regaló un castillo. Su papá lo construyó especialmente para él. Las muñecas nunca llamaron su atención: “Mi interés era amueblar y decorar las habitaciones. Me sentaba durante horas, recolocando todo, mirando con el ceño fruncido a mi hermana Charlotte, que siempre venía a molestarme”. Las casas son el primer escenario de nuestra mitología personal y la antesala de lo que luego conoceremos como el mundo. Basta con aproximarse a su filmografía para darse cuenta: las casas son personajes medulares en las películas de James Ivory.
James Ivory tiene 97 años y todavía conserva el regalo de su papá. Me pregunto qué papel desempeñó ese castillo en la manera de ejecutar su arte. No me arriesgaré a decir que fue un elemento definitorio para su trayectoria como cineasta. Así como se aprende a dominar la contención, se adquiere la valentía para practicar la resistencia. Pero no puedo evitar pensarlo. ¿Cuántas veces, lo que Ivory reconoció como “algo más” ha sido aniquilado, muerto en combate como en los antiguos juegos de vaqueros contra indios?