6 Feb 2021 - 3:00 a. m.

Una chica nueva en la ciudad

Mi amiga Lina se queja de que el invierno la vuelve floja. Es escritora y acaba de mudarse a Londres. El frío no es ninguna novedad para alguien que ha vivido más de una década en Nueva York. Sospecho que su desgana se debe al cambio inesperado de país. Pero debo admitir que su ciudad de acogida no ayuda. Hace unas semanas, viendo la escena de una película de Isabel Coixet que se rodó en la capital inglesa, pensé: “Si algún día tuviera que vivir ahí, me muero”. El cielo encapotado de Londres debería estar contraindicado para temperamentos melancólicos, y mucho me temo que Lina podría encontrarse entre la población de riesgo.

—Bueno, en realidad no es culpa del invierno –me dice–. Pero es tan triste despertarse sin el ánimo de un sol. Los ingleses me dicen: “Aquí los latinoamericanos vienen y se deprimen”.

—¿Y si sales a explorar las calles de tu ciudad? A veces basta un chin de suerte para encontrar a alguien que te robe el corazón.

—¡Lo que me faltaba!

Creo que no deberíamos desestimar esa posibilidad. Recuerdo que cuando era nueva en la ciudad decidí que mi primer paseo en solitario sería por el centro. Según el filósofo Ismael Grasa, todos los centros de las ciudades forman un núcleo común. De manera que las avenidas y bulevares del centro de cualquier ciudad del mundo son una extensión de las más bellas calles de Buenos Aires, Nueva York o París. El de Sabadell –municipio de Barcelona– está a cuatro kilómetros de mi barrio. Desde mi casa hasta la parada de autobuses tardo cinco minutos caminando, y ya en el autobús hasta llegar al centro el trayecto dura poco más de ocho minutos. El hombre que presentaba el informe del tiempo en las noticias dijo que ese día de febrero sería recordado como uno de los más fríos de la historia de Cataluña. No había tenido ocasión de procurarles abrigo a mis manos. Así que yo, chica caribeña en apuros, tuve el valor de enfrentarme a las bajas temperaturas con la excusa de que necesitaba unos guantes de lana.

Cuando llegué a la plaza del ayuntamiento me sentí como la figura más pequeña de un conjunto de muñecas rusas. Después de varios días sin salir, interpretando mi propio drama de flojera invernal, casi todo me parecía de dimensiones desmesuradas. Al cabo de quince minutos deambulando sin rumbo fijo, fui a parar a una calle adoquinada, donde noté un olor intensamente salado, como a rancio. La explicación estaba cerca. Alguien abrió la puerta de un bar que tenía decenas de piernas de jamón curado colgadas del techo del mostrador. ¿Seguro que esas piernas eran de cerdo ibérico? Yo hubiera dicho que eran de una especie no extinta de dinosaurio. Justo al frente había una tienda que exhibía en el escaparate unos bolsos con precios prohibitivos. Y, además, feísimos. Entonces apareció él. Más bien aparecí yo, porque él ya estaba ahí, al lado de la tienda de bolsos. Era un hombre muy flaco. Tenía un abrigo desgastado, el pelo enredado en una maraña pegajosa y las uñas llenas de mugre.

Se erguía con dignidad sobre sus largas canillas, sujetando un violín como si fuera un ramo para una novia. Estuvo a punto de soltarme un reproche. O eso me pareció a mí, por su manera de fruncir los labios, con un gesto vacilante entre el enfado y la sonrisa. Me observaba con cara de que me había estado esperando con impaciencia. Su rostro tenía una expresión de hermosura descuidada, de edad imprecisa. Podía ser uno de esos bohemios que describía el novelista Eduardo Zamacois; seres que ambulan fuera de los márgenes del tiempo. Reconocibles porque muestran una veneración desenfrenada ante el arte y la belleza, por su falta de apego a las ganancias que puedan obtener de su oficio y porque pese a sus carencias materiales, a veces elegidas, viven siempre ilusionados, “llevando consigo y como embalsamada la juventud”.

Empezó a caer una llovizna helada y tenue. Antes de recuperar el ritmo apresurado de mis pasos, me detuve en su mirada unos segundos. Le sonreí. Luego, al dejarlo atrás, sentí que algo se clavaba en mi espalda: la afilada punta de una flecha lanzada por el arquero de una real corte. Esa música que empezaba a tocar… Era un tango de Mariano Mores; se llama Uno, pero para mí siempre había sido, y sigue siendo, Si yo tuviera el corazón, una variante sacada de los versos que escribió para la melodía Enrique Santos Discépolo. Por un momento, ese violinista tenía en sus manos el órgano que bombea toda mi sangre. No me lo robó. Yo misma se lo di.

sorayda.peguero@gmail.com

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