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2 Apr 2022 - 5:30 a. m.

Una rara tentación

Por aquellos años Colombia no era un país. Era un hombre que tenía una oficina de abogado semejante a un tenderete hecho una tarde de diluvio. Cuando pasaba por delante y lo veía manipulando papeles en su escritorio, me entraba una risa bellaca. Mami me sacudía la mano enérgicamente para recriminar mi comportamiento. Me parecía que Colombia, ahí sentado, no pegaba nada con el conjunto.

Había una parte de mí que pugnaba por ennoblecerlo, pero le tenía rabia. Esa rabia que en el corazón de los niños crece con el furor de un zarzal. Nunca le perdoné que enredara a la hija de la vendedora de flores. Una adolescente que se chupaba el pulgar, que se peinaba poco y que tuvo que dejar el liceo nocturno cuando se quedó embarazada de él. Colombia era una rara tentación. Su presencia en el barrio me insinuaba la historia jamás contada de un exótico forastero. El primero que conocí.

Creo que fue por un libro que leí siguiendo la teoría del azar aplicada por mis tías para leer la Biblia. Lo desplegaba sin mirar y leía la página que me tocaba en suerte. Colombia me recordaba a un personaje de ese libro. Uno que se llama Mauricio Babilonia. Vestía ropas de lino y a donde quiera que iba lo perseguían mariposas que revoloteaban por encima de su cabeza.

A Colombia no lo perseguían mariposas. Sus apariciones estaban precedidas por el vuelo ilimitado de los bochinches de faldas. Alguien dijo que en su casa tenía varios potes de vidrio con papelitos ahogados en miel. Cada papelito llevaba escrito el nombre de una mujer que le amargaba la vida. Como nunca pude adivinar el rostro de Mauricio Babilonia, le puse la cara del forastero que también tenía por costumbre vestir ropas de lino: guayabera blanca, pantalón blanco y unos zapatos que parecían pintados con varias capas de pasta dental Colgate.

Caminaba con el pecho inflado de los señores que se dirigen a un destino glorioso. Tenía un bigote de charro, a lo Antonio Aguilar, y los ojos melancólicos, muy achinados, como si el resplandor del sol le cegara la mirada. ¿De dónde me había dicho que era? ¿De La Guajira? ¿Y cómo era que decía cuando un conocido lo saludaba al pasar? “Aquí, ¡haciéndome el muerto pa ver qué entierro me hacen!”.

Escuchar su historia es una de las cosas que me propuse este año. La noticia de su muerte ensombreció para siempre mis expectativas de volver a hablar con él. Es cierto que era un hombre al que apenas conocí. El personaje de un cuento inacabado cuyo nombre real pocos sabían. Pero en la memoria de la niña sedienta de historias que ahora me interpela era más que eso.

Colombia tenía un qué sé yo que me resulta difícil de explicar. Necesitaría la ayuda del poeta andaluz que vive en mi mesa de noche. Él, que entendía de las cosas sutiles de este mundo y del otro, decía que la poesía anda por las calles, que es un hombre, una mujer o un perro realengo que pasa por nuestro lado. Es algo que se mueve. Porque la poesía, como el misterio, está en todas las cosas, en los objetos humanos y no humanos. Y yo pienso que no está solo en los objetos. Está en los ojos que miran. Nace en el momento justo en que el objeto y la mirada se encuentran.

El torno del tiempo no deja de transformar los lugares a los que volvemos para comprobar que ya no son los mismos. Es una sentencia de la que no se salva ni el amor. Todo cambia. Por eso algunas nos empeñamos en vestir los recuerdos con trajes de palabras, con la vaga esperanza de arrebatarle algo a la muerte, de alcanzar un ápice de fingida eternidad y quién sabe si, con un poco de suerte, alguna vez, un halo de poesía.

sorayda.peguero@gmail.com

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