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7 Aug 2022 - 5:30 a. m.

Barranquilla 2022

Era 1990 y las empresas públicas de Barranquilla (EPMB) estaban en la quiebra. Como la élite económica de la ciudad culpaba al Concejo municipal, algunos concejales contestaron. “Pretenden presentarse como víctimas, echando toda el agua sucia al Concejo”, dijeron y señalaron que cuatro de los ocho miembros de la junta directiva que llevó a la dilapidación de las EPMB habían sido elegidos por los propios gremios (delegaciones locales de la Asociación Bancaria, Cámara de Comercio y Asociación de Industriales) .

El sindicato también participó en el debate y fue acusado por concejales conservadores de contribuir a la ruina de las empresas y tener vínculos con el Ejército de Liberación Nacional (Eln). El líder del sindicato, Andrés Blanco, denunció que al hacer tales acusaciones los concejales estaban poniendo en riesgo la vida de los trabajadores. Blanco afirmó que los debates en el Concejo no eran más que “una cortina de humo para que la gente no se dé cuenta de la privatización de la recolección de basuras, que favorece a unos pocos empresarios barranquilleros”. También recordó que “los sectores comercial e industrial nunca han pagado sus facturas de agua ni sus impuestos a la propiedad”, y que “senadores, diputados y concejales de la ciudad tampoco pagan nunca sus recibos de agua”.

Leyendo las actas del Concejo y los documentos del archivo de la Cámara de Comercio de entonces, queda claro que en esta ciudad estaba desatado el capitalismo. Es decir, que se estaban retirando todas las trabas que pudieran perjudicar el crecimiento económico de comerciantes, constructores e industriales. Antes de que el Congreso hiciera posible la participación de privados en los servicios públicos, ya el servicio de recolección de basuras de Barranquilla estaba en manos de contratistas privados que pasaban solo por los barrios que podían pagar. En la historia regional latinoamericana este tipo de ambientes, donde se desregulan el trabajo y la plata, se hicieron posibles con la ayuda de dictaduras militares. En Barranquilla este quehacer fue tal vez obra del Estado regional de la mano con grupos paramilitares (alias Jorge 40 fue condenado por asesinar a sindicalistas de empresas públicas de Atlántico y Magdalena).

Con los años, las EPMB se fragmentaron y privatizaron, beneficiando especialmente a inversionistas españoles. En la ciudad mucha gente se endeudó para pagar los servicios. Las deudas hicieron que la gente perdiera los inmuebles y la tranquilidad. Decenas de barrios que vivían del rebusque se conectaron informalmente a la electricidad, ante la imposibilidad de pagar. Barranquilla empujó a hombres y mujeres, empleadas domésticas, celadores, obreros de construcción y todos quienes hacen posible la vida en la ciudad, hacia Soledad y Malambo. Aun así, como el agua llegaba limpia y había quienes seguían enriqueciéndose, se dijo que las privatizaciones (y todo lo demás) habían valido la pena. “Todos están felices”, anunció W Radio.

Cuando las empresas españolas cayeron en desgracia por escándalos de corrupción, otros empresarios llegaron a probar suerte. Leyendo la prensa local actual y oyendo la radio de la zona metropolitana, queda claro que en la ciudad está desatado el capitalismo (¿qué más son los Char sino una coalición empresarial que busca que no haya trabas para el crecimiento económico?). El llamado milagro barranquillero es este, de desregulación. Tras un legado de conflicto armado y desplazamiento, los barrios no fueron muy fértiles para el florecimiento de economías populares y movilizaciones por lo común; por el contrario, como cada quien está a su suerte, floreció para los hombres jóvenes el rebusque armado: las extorsiones, los gota a gota... La ciudad se paraliza por inseguridad. Y hoy, como en 1990, amanecemos con el siguiente titular: “Preocupación por la calidad del agua que llega a las viviendas de Barranquilla”.

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