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Renegando de la papa y los caldos, el candidato a la presidencia Abelardo de la Espriella explica cómo “un bocachico frito, (un ron) tres esquinas y champeta en cualquier esquina de Cartagena” pueden llevar a los hombres a la violencia contra las mujeres. “El tipo llega a hacer alguna cagada a la casa”, explica; “el problema al final del día”, dice el candidato, “no es de plata”, sino de falta de cultura gastronómica. Insinúa (De la Espriella) que de tomar otro licor (no ron sino vino) y comer otro potaje, se pasaría de la conflictividad a la sensualidad y la concordia: “Oye, te tomas un vinito, te comes una pasta, te oyes un bolerito, un buen jazz, lo más probable es que ese mismo sujeto llegue y le haga el amor a su mujer de una manera descomunal”.
Las opiniones, que hizo hace algunos años el abogado, tal vez como un comentario jocoso para ejemplificar su poderío económico empresarial, nos dejan ver sus ansiedades y deseos. Ansiedades y deseos que, lejos de ser excéntricos, son quizá compartidos por gran parte de la población.
Pensamos acaso que lo nuestro, al ser menos blanco (más champetero), tiene propensión al desorden, la barbarie y la agresividad. De la Espriella no sólo manifiesta su amor por Italia en sus gustos gastronómicos y su pasión por la música del país, sino que ha vivido en el país europeo. El hoy candidato, que ancla parte de sus propuestas en la defensa de la familia, tiene una residencia en Florencia, ciudad que define como “cuna del Renacimiento”.
Es cierto que en Italia la familia es la piedra angular de la sociedad. De hecho, Mussolini y los primeros fascistas, veteranos que regresaban de la Primera Guerra Mundial a una Emilia-Romaña empobrecida, se propusieron forjar un “nuevo hombre”, totalmente entregado a la familia y la nación. En su libro “Por una política liberadora del hogar”, Michele Lancione nos cuenta cómo el régimen fascista recortó la autonomía de las mujeres fuera del ámbito doméstico, reduciendo su participación como profesoras en las escuelas públicas (1926) y estableciendo por ley una rebaja de sus salarios hasta la mitad de lo que ganasen los hombres (1927). Después puso en marcha la battaglia demográfica: una ofensiva para que cada mujer pariera más hijos, apoyada en propaganda masiva, un impuesto a la soltería, ayudas para las familias con muchos hijos y una campaña explícita contra la anticoncepción. En sintonía con Mussolini, en 1930 el papa católico de turno condenó enérgicamente el control de la natalidad, refutó la igualdad de los cónyuges e insistió en la sumisión de la esposa al marido.
Pero volvamos a la familia. Pues el régimen fascista no sólo la imaginó machista sino también racista. Después de la proclamación del Imperio italiano en mayo de 1936, Mussolini implantó disposiciones para evitar cualquier posible “contaminación de la raza” por parte de los sujetos coloniales y preservar intacto el supuesto “cuerpo de la nación”. Se prohibieron los matrimonios entre italianos y africanos y, desde 1940, también se negó el reconocimiento legal de los hijos nacidos de madres africanas y padres italianos. Con este trasfondo no sorprende el enfoque italiano frente a la migración. El profesor Lancione nos recuerda que, aunque el sistema migratorio es hoy ante todo expulsivo y está militarizado, la nación depende de la provisión de mano de obra barata para cubrir demandas internas. Es decir, Italia necesita la creación de economías informales pero indispensables de trabajo irregular.
Italia, escribe Lancione, puede seguir siendo uno de los mayores productores de tomates del mundo porque se apoya en un sistema que utiliza a personas migrantes como mano de obra barata y fácilmente explotable. Así, el hogar italiano disfruta de su pasta con salsa pomodoro, sin que se vea el trabajo duro y la violencia que muchas veces hay detrás de su cultivo y recolección.
Pero volvamos a la familia (la blanca, que se come la pasta con vino: que es la misma que quiere edificar De la Espriella). En 2021 se registraron 114 feminicidios en Italia (cerca de uno cada tres días) cometidos en su mayoría en el ámbito doméstico y a manos de la pareja.
