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Cambio tranquila

Tatiana Acevedo Guerrero

05 de junio de 2022 - 12:30 a. m.

Viví de los 6 a los 17 en Bucaramanga y su área metropolitana. De esos 11 años, los últimos dos los dediqué a planear la fuga. Nunca volví por más de dos semanas y pese a mi amor agradecido por la familia cercana, cada que los peñascos de Pescadero anuncian el regreso por Piedecuesta, me siento intranquila. Aunque no conozco mucho de su historia, recuerdo todo sobre mi vida ahí, en San Francisco, Ciudadela Real de Minas, Cañaveral, Madeira en la Paralela y Palmeras del Cacique.

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De Bucaramanga admiro los mangos, brisas, hormigas culonas, la biblioteca Luis Carlos Galán, la UIS, y los pájaros. Admiro nuestra capacidad para madrugar, la fuerza terca de mi abuela Leonor, de mi tía Clara y de tantas otras mujeres. Pero la verdad es que odio la ciudad. La odio por su dureza, que se manifiesta en las certezas, tesón y agresividad de muchos de los hombres que determinan su cotidianidad y han delineado su historia.

Con el Plan Educacional para empleados de Ecopetrol me hice desde la primaria a un cupo en uno de los mejores colegios urbanos, a la vez religioso y bilingüe. Alicita, una de mis compañeras de curso, me dejó saber, en enero de 1989, que ni ella, ni su familia ni las demás familias distinguidas que componían el plantel estaban de acuerdo con mi presencia en el salón de clases. Las dos teníamos seis años. En 1999, la misma Alicita, ahora adolescente, me explicó cómo el asesinato de Jaime Garzón estaba justificado: algo hizo. En el salón estuvieron de acuerdo. Casi todas, para poder respirar, decíamos mentiras casi todo el tiempo.

La familia de Alicita no era de las que levitan en clubes de Bogotá. Eran, como muchas en la capital de Santander, herederas de negocios rurales que hicieron grandes fortunas en la ciudad mientras en el departamento arreciaba la guerra. Estas eran familias encabezadas por hombres recios y tenaces. Sin medias tintas para cursilerías ni maricadas, pero quizá flexibles a la hora de sentarse a negociar transacciones o contratos. Hombres con una visión particular de la mujer que a menudo incluía una insondable desconfianza y una obsesión con su virginidad. Hombres ricos que no por vivir lejos de Bogotá, haber calzado chocatos o decir juepuerca eran menos clasistas o estaban menos apegados a sus racismos, misoginia y privilegios.

Por esto para mí Rodolfo Hernández no ha sido nunca una incógnita ni un misterio. A metros puedo verlo como a tantos otros hombres (casi todos ingenieros) que moldearon a Santander. Presos de complejos de inferioridad con Bogotá se defienden con la verraquera santandereana que, piensan, proviene directamente de los alemanes que poblaron el departamento. Se separan (a lo Turbay Ayala) de los politiqueros de clubes y se dicen adictos al pueblo y la provincia.

Con tantísimas certezas estos hombres hacen que quienes los rodean vivan en estados de paternalismo e incertidumbre. En su gobierno en Santander, Hernández y su hermano oscilaban entre las excentricidades de la riqueza (dando entrevistas “rodeados de arte y música clásica”) y la sobradez intelectual de quien se sabe superior y no necesita ni siquiera el sueldo. “Cuando se va a un concierto de música clásica de alto nivel, ¿usted cuándo ha visto que se agarren a botellazos o a patadas?”, explicaron varias veces los Hernández. Y, entre las ideas de grandes alemanes (Kant, Schopenhauer, Hitler (¿?) y Einstein figuraron en el plan de gobierno) hubo también espacio para la violencia. Acostumbrado a comprar barato y vender caro, Hernández alcalde fue de mecha corta. “Si usted sigue jodiéndome”, dijo a un interlocutor, “le pego su tiro, malparido”.

Insinúan profesores como Sergio Fajardo y José Antonio Ocampo que hay que ponderarse, conversar con el candidato y buscar el “cambio tranquilo”. Los uribistas lo celebran. Pero hoy como en los 90 no estoy tranquila y me aferro al entusiasmo que significó el proceso encarnado en Petro y Márquez. Me agarro de los votos de la maravillosa Barrancabermeja. De Buenaventura, Cali, Cartagena, Leticia, Popayán, Quibdó, Valledupar, Riohacha. Y quiero que viva la Colombia Humana.

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