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A mediados de junio Teófilo Gutiérrez (del Junior) manifestó su predilección por el entonces candidato De la Espriella. Publicó una imagen en que se ve al candidato recibiendo de manos de Dios, que está en una nube, la bandera de Colombia. Días después, Semana celebró: “En una llamada hecha por video el deportista (Miguel Borja) y el aspirante (De la Espriella) hablaron”. Borja no dudó en seguirle demostrando al candidato su deseo de apoyo y le sumó una arenga: “Lo que se viene es grande”. El Pibe Valderrama y Faustino Asprilla participaron en un comercial, quizá pago, en que con la camiseta de la selección sacaron el pecho en ademán de firmes por la patria.
Según Semana, “Muñoz, autor del primer gol de la Tricolor en el Mundial, le dio ‘like’ a las publicaciones de De la Espriella luego de haber sido confirmado como presidente electo y... a él se unieron futbolistas de renombre como Freddy Guarín y Camilo Zúñiga, mundialistas en Brasil 2014”. Otros de mediana importancia festejaron: Jhojan Torres (Santa Fe), Johan Caballero (Inter de Bogotá), Francisco Meza (Llaneros), Leonardo Castro (Millonarios) y Kevin Mantilla (Independiente Medellín).
Yerry Mina, Juan Guillermo Cuadrado, James Rodríguez y Juan Fernando Quintero participaron en una videollamada con el presidente electo. “Estamos tristes por no haber pasado, pero igualmente estamos contentos porque usted quedó… en nuestras convicciones y pensamientos, hermano, estamos firmes como usted”, dijo Mina. “Cesó la horrible noche, Gracias a Dios”, exclamó Cuadrado.
La preferencia de los astros futboleros por la extrema derecha puede entenderse a la luz del trabajo de una amiga mía, la profesora Íngrid Bolívar.
Por años, Bolívar ha estudiado las vidas de futbolistas colombianos de los 60 y 70. La forma en que le dieron sentido a su oficio y trenzaron sus vidas deportivas con las historias de sus regiones. Podemos explicar el hecho de que los deportistas de hoy vean a Dios y De la Espriella en un mismo cielo a través de las historias de tres grandes del deporte: Norman “Barbi” Ortiz, Víctor Campaz y Francisco Maturana.
Nacido en Cali en 1948, Ortiz creció en Siloé, un barrio construido por migrantes de Marmato. Debutó en 1966 con el América, el equipo que entrenaba en la cancha de su barrio. Sus vecinos caminaban cuatro kilómetros hasta el estadio para verlo. Su padre Emilio, tendero, presidió la Junta de Acción Comunal y le enseñó que “una cosa es servir a la comunidad, otra es prestarse a los juegos de los políticos”. De ahí sus decisiones más recordadas: se negó siempre a entrar a bares y hoteles donde no dejaban entrar a los siloeños y negros de Cali y a mudarse del barrio cuando en 1974 el Deportivo Cali le dio una casa en un sector de clase media-alta. Pese a su talento, fue criticado siempre por la prensa deportiva. Para él, los mejores jugadores de su época “eran más artistas que atletas”: de niño frecuentaba los circos ambulantes camino al estadio y en la cancha buscaba el mismo asombro (esconder la pelota, gambetear, “darle gozo a la gente”). Tras retirarse fue promotor de ligas barriales y sigue siendo figura pública en Siloé, no por haber “salido” del barrio gracias al fútbol, sino precisamente por haberse quedado.
Nacido en 1949 en Buenaventura, el menor de 11 hijos de un empleado portuario, Campaz creció en el puerto, que resentía la exclusión de Cali. Su politización tenía raíces concretas: los relatos de su tío (un marinero viajado que hablaba inglés) sobre la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos y los círculos de lectura que organizaba su hermano, abogado sindical. Su trayectoria fue extraordinaria. En 1971 ganó el título con Santa Fe y se convirtió en el jugador mejor pagado de la liga. En 1972 fue candidato al Concejo de Bogotá en alianza con sectores de izquierda, con el eslogan “Meter un gol a la pobreza”. No fue elegido, pero luego, ya campeón con Atlético Nacional, usó su estatus de figura pública para denunciar en la prensa la desigualdad y el racismo nacional. La respuesta de la prensa y los directivos fue devastadora. Lo tildaron de vengativo, conflictivo, comunista, y en 1975 un periodista lanzó una campaña en su contra llamándolo “oscuro en su piel y en el deporte”. Ese año dejó la Selección Colombia.
Nacido en Quibdó en 1949, pero criado en Medellín en una familia de empleados públicos, Maturana se asumió como antioqueño pese a su ascendencia afro. Demeritó las denuncias de Campaz pues explicó que no había tanto racismo y que el problema era la falta de “ética de trabajo” y profesionalismo de los jugadores colombianos. Bolívar nos cuenta cómo, para Maturana, la lucha cultural fue transformar a los futbolistas en individuos de alto estatus social.
Los tres son hombres afrocolombianos de talentos similares en la cancha. Líderes con distintos caminos: mientras Ortiz resistió la discriminación desde el barrio, Campaz denunció frontalmente el racismo y la desigualdad. Ambos pagaron el costo mediático y deportivo. Maturana las usó para promover el ascenso de estatus mediante la respetabilidad y fue el técnico más influyente del país (mundiales de 1990, 1994 y 1998). Los futbolistas de hoy siguen alguno de esos tres caminos.
