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Cosas más importantes

Tatiana Acevedo Guerrero

19 de septiembre de 2021 - 12:30 a. m.

Dicen últimamente los líderes de opinión que el candidato del uribismo será Federico Gutiérrez, exalcalde de Medellín, a quien también apoyarían otros exalcaldes y estaría así muy opcionado a la Presidencia del país. Gutiérrez afirmó hace un tiempo: “No puede ser que una persona queda en embarazo y al otro día decir no quiero este niño, entonces voy y aborto”.

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Otro candidato entrevistado en radio el martes fue Alirio Barrera, exgobernador de Casanare por el Centro Democrático, con un discurso basado en el conocimiento de la cotidianidad en el campo y el centralismo, la creencia en dios y la exaltación del trabajo fuerte y recio (parecido al que alguna vez predicó Uribe). Como Gutiérrez, Barrera cree en la necesidad de ponerle coto al aborto. “Nadie tiene derecho a quitarle la vida a nadie”, sentenció al respecto.

También fue noticia esta semana Alfredo Saade, líder político del gran movimiento cristiano del Caribe. Tras celebrar una alianza con el candidato Gustavo Petro, que significaría un número importante de votos, Saade pasó por programas de radio explicando su posición en contra del derecho a decidir sobre los embarazos y su deseo por unas “directrices para que no se aborte por abortar”. Al ser cuestionado por Ana Cristina Restrepo, Saade se molestó. “Yo no voy a discutir mucho ese tema”, advirtió. “No se agarre de donde no debe agarrarse, que hay muchos temas más importantes en la nación para que podamos discutir”.

Se podría pensar que el dirigente tiene razón frente a los estragos que nos dejan la guerra contra las drogas, el racismo histórico y la desigualdad; pero esto no es cierto, pues no se trata de una discusión trivial.

Primero, porque cambia las vidas de miles de mujeres todos los días en Colombia. La soledad que se siente ante un embarazo no deseado es inconmensurable. Como las decisiones sobre este embarazo las discuten y deciden otros, se siente uno como si no tuviera posesión sobre su propio cuerpo. La soledad es mayor en cuanto es menor el margen de maniobra: la cercanía a Bogotá u otras ciudades grandes, la disponibilidad de plata e información, y el miedo a las repercusiones legales, familiares y sociales. La escritora Jamaica Kincaid se declara sin palabras para negociar este tema tan íntimo y compara el debate con decidir sobre el derecho a ver o a respirar: la polémica sobre los derechos reproductivos con una sobre los “derechos respiratorios”.

Segundo, porque esta conversación sobre qué significa ser hombre o mujer en Colombia hoy (y las implicaciones que esto tiene) es quizá vital para aspirar a mejores días. Es imposible pensar en un futuro más justo y menos desigual, como se lo propone Petro, si se asume que partes de la población son intrínsecamente inferiores o sospechosas. Es cierto que el cristianismo creció como iglesia y movimiento durante las décadas más difíciles del conflicto armado. Todo en un contexto minero y coquero de satanización de la acción colectiva, en que las iglesias proveyeron un espacio de cuidado o solidaridad, donde tantos encontraron el impulso para seguir adelante. Sin embargo, esto no quiere decir que se trate de una comunidad estática, impermeable al cambio o a las discusiones difíciles pero obligatorias.

Tercero, porque el control de la sexualidad de las mujeres está en el corazón de otras violencias. Acá pienso en la historia de mi propia familia. En cómo la convicción sobre la inferioridad de las mujeres y la desconfianza en sus fidelidades y decisiones están detrás de la violencia “doméstica”. Esta última, está tal vez solapada como una constante dentro de la complejidad del conflicto armado colombiano.

El profesor Michael Taussig estudió por varias décadas un mismo municipio cerca de Cali y explicó cómo a la violencia de la economía capitalista (que explotaba a las comunidades y destruía la naturaleza) y la violencia cotidiana de los hombres dentro de sus hogares les siguió la confrontación armada y la arremetida paramilitar. En sus palabras: “La violencia descaradamente política y criminal, que a su vez da paso a la rutina y al entumecimiento puntuado por el pánico”. Ambos ejércitos, subversión y paramilitarismo, castigaron además a los gais, las lesbianas y las mujeres trans (y los mentados candidatos y líderes en la gesta presidencial también se sienten autorizados para debatir sobre los derechos de estos grupos).

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