El antropólogo Germán Piffano grabó y escuchó a José Antonio Iglesias durante varios momentos de su vida.
Con el permiso y el interés de Iglesias, estos fragmentos cristalizaron en Infierno o Paraíso. Un documental que salta desde el final de los noventa hasta la última década y que abre tres conversaciones difíciles.
Una es sobre el relato de Iglesias. Niño en Galicia, adolescente en Caracas y hombre en Bogotá, el personaje camina durante la primera parte de la película. Cuenta que es muy largo caminar después de fumar, porque se llena quien fuma bazuco de miedo y cada paso es difícil, pensado, pesado. Diez calles se sienten como atravesar Bogotá. Ante la cámara, Iglesias recita, se acuerda, canta a Fito Páez. Se embarca en el propósito de dejar el bazuco en una casa de bienestar social de la Alcaldía. En el esfuerzo entrevemos a Piffano. Podemos imaginar cómo se abren menos lentamente puertas de ayuda social, con la cámara en frente y la presencia del entonces estudiante de la Universidad de los Andes.
—¿Qué pasó loco que no viniste hoy? —le reclama Iglesias, una de las noches de plena desintoxicación. —Aquí estoy huevón —contesta Piffano. Y queda vista su imprenta, su presencia en la rutina o decisiones del protagonista. Los vemos luego en el futuro, mientras hacen papeles, se meten por los huecos de las burocracias (en hogares de paso y oficinas de inmigración). Iglesias tiene infinita paciencia, engorda, se enamora y emigra. Aparece su esposa Yineth Delgado que es brillante, tenaz, optimista. Su presencia llena de sosiego la siguiente mitad de la historia de Iglesias, marcada por el trabajo, las rutinas y las frustraciones.
Una segunda conversación es sobre la ciudad. En cada caminata de Iglesias vemos fotografías recientes de Bogotá. Vemos a la gente que se cambia despavorida de acera cuando Iglesias va pasando y fumando. Aparecen la construcción del eje ambiental, con sus plásticos verdes y cemento, y la demolición de los edificios del Cartucho. El “centro seguro” que exigía la clase política, las revueltas para enfrentar el desalojo. “No nos avisan qué es lo que van a hacer”, les dice una mujer furiosa a las cámaras en medio de una confrontación. Vemos también la irrealizable acción colectiva de quienes vivían allí, en medio de los intereses de los negociantes del microtráfico y la andanada de la policía. En otra caminata, un Iglesias recuperado de la adicción al bazuco recorre el vacío parque Tercer Milenio, y no vemos (pero intuimos) el desplazamiento y el asesinato que le precedieron. Un último recorrido sigue al protagonista, que con su familia se prepara para salir de Bogotá hacia España. Iglesias le explica su historia a un funcionario para justificar el haber estado sin papeles durante sus años en el Cartucho. “Usted sale en calidad de expulsado, que tenga un feliz viaje” le contestan, como cerrando una metáfora sobre adicción y exclusión.
Escuchamos y vemos también varios relatos en el Cartucho. De personas que hablan y fuman bazuco, gente que llora y atraviesa un momento devastador mientras son grabados en video. Estos testimonios son en cierta medida ajenos a la historia de Iglesias, pero son puestos en el documental como una suerte de contexto. Lo que lleva a otra conversación, ahora sobre la imagen y sus límites. Sobre los riesgos de querer retratar momentos de dolor ajeno o de violencia, con una cámara que ya en otras ocasiones (el urbanista que toma nota de lo limpio y de lo sucio) y para otros propósitos (el periodista de noticiero que busca la chiva) también ha hecho daño.