En los sectores de Cisneros y La Delfina, sobre el corredor que comunica el puerto de Buenaventura con Colombia, se presentó esta semana un bloqueo. Informa la prensa que este fue motivado por el descontento de comunidades devastadas por la ola invernal que se sienten solas frente al clima que cambia y el tiempo que pasa.
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No sólo comunidades urbanas y periurbanas salieron a bloquear. Aquellas que habitan la zona rural de la ciudad y que pertenecen a la comunidad indígena nasa también lo hicieron. “Ya llevamos un mes y nadie se pronuncia”, le dijo un representante de la comunidad a El Espectador. Tras la creciente del río Dagua, explicó, “el río sigue llevándose caminos y viviendas y nada, entonces se decidió tomarse las vías de hecho”. Distintas poblaciones afectadas piden la actuación de los gobiernos locales y nacional, y piden también la intervención de grupos con maquinaria pesada que los ayuden a “alejar el río de los barrancos”.
Mientras el caos y los trancones se acumulaban en las vías que permiten la entrada de mercancía, quienes bloquearon se quejaron ante la poca ayuda en un contexto en que las lluvias no cesan. Denuncian, por ejemplo, que “las ayudas han sido mínimas frente a las necesidades diarias de los afectados”. “Tenemos como 1.000 familias damnificadas”, afirmó Alejandro Sánchez, presidente de la Asociación de Cabildos Indígenas del Valle del Cauca, “indígenas, pero también hay consejos comunitarios. Un total de casi 4.000, entre indígenas y afros damnificados”.
Como siempre, las poblaciones que viven, hacen y resisten en el casco urbano sacan a relucir las grandes paradojas. Como explica la nota de El Espectador: “el puerto juega un papel clave en la economía colombiana al movilizar el 37 % del comercio exterior, por lo que la situación de esta ciudad y de sus habitantes debe ser una prioridad para el Gobierno Nacional”. La situación difícil tras la llamada ola invernal se da en un presente en que no se cumple con los servicios públicos más básicos. Como siempre, una vez más, porque las comunidades de la ciudad de Buenaventura, principal puerto marítimo de Colombia, se han movilizado históricamente para acceder a los servicios públicos.
En este contexto, se formó el Comité de Defensa del Agua y la Vida de Buenaventura para luchar contra la privatización del servicio de agua. El comité disputa la distribución del agua lluvia y servida que empoza los sectores vulnerables de menores ingresos y la distribución del agua limpia y tratada que privilegia barrios ricos, buques y negocios que trabajan en el puerto pero no le dejan mucho a cambio. Esta “defensa del agua” implicó marchas, paros, noches en vela y el trabajo duro de la acción colectiva.
Esta defensa va más allá de la movilización en torno a las decisiones estatales sobre las empresas de servicios públicos. Las mujeres del Comité y, en general, muchas mujeres de Buenaventura también “defienden” el agua en sus entornos domésticos. Estas mujeres dedican gran parte de sus días a una lista de actividades domésticas. Mujeres de diferentes edades recolectan agua de lluvia y agua del grifo que llega intermitentemente, ubican y organizan el agua dentro de la casa en diferentes lugares (para diferentes tareas), protegen el agua de la contaminación microbacteriana que comprometería su calidad, defienden el agua de los mosquitos que pueden poner sus huevos sobre ella, cuelan el agua con coladores, la hierven y la tratan con productos de venta libre como el cloro. Además del acceso, las mujeres también tienen que asegurar esta agua almacenada. Protegerla de elementos contaminantes que puedan volverla problemática.
Distintas desigualdades (basadas en el racismo estructural, los ingresos y el género) hacen la vida mucho más difícil.