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Dice en este diario el columnista Juan Diego Soler que los planes del Gobierno Nacional sobre la redistribución de recursos destinados a la formación de estudiantes de maestría y de doctorado son equivalentes a construir puentes en donde no hay río. Soler, quien es “doctor en astronomía y astrofísica en la Universidad de Toronto e investigador científico del Instituto de Astrofísica Espacial y Planetología en Roma”, se pregunta: “¿Cuáles son las opciones profesionales para esos graduandos? ¿Aguanta el país a tantos doctores?”.
En 2010 gané un crédito-beca del Programa de Formación Doctoral Francisco José de Caldas de Colciencias. Para recibirlo tuve que pasar por un proceso que incluyó una aplicación formal y una entrevista; fuimos alrededor de 500 las seleccionadas (para doctorados dentro y fuera del país). Cuando me confirmaron la selección, lo compartí con alegría con profesores del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI), de la Universidad Nacional, donde trabajé como asistente de investigación desde 2004 hasta 2010. Uno de los profesores titulares me hizo la pregunta de Soler (¿aguanta el país a tantos doctores?), y añadió que en el IEPRI no había puestos para tanta gente. Me advirtió que era una mala idea hacer un doctorado en un país sin apoyo para la ciencia.
El comentario me resbaló: para mí era evidente que se trataba de una oportunidad. En ese momento cualquier cosa era mejor que la sumatoria de contratos por prestación de servicios como asistente de investigación, algunos de apenas tres meses. Vivía en una renovación permanente, año tras año, con incertidumbre cada 1° de enero, haciendo filas para conseguir antecedentes penales y judiciales. Entre contrato y contrato no había sueldo, solo la emoción de seguir trabajando en lo que me gustaba y las promesas de que “ya venía” el siguiente.
Hasta ese momento conocía pocos colegas de mi generación que hacían doctorados. En su mayoría era gente que sabía sobre las posibilidades que ofrecen universidades extranjeras porque habían viajado o conocían profesores que habían estudiado afuera. O gente (sobre todo élites con cierto capital social) que se iban a hacer doctorados con la promesa de un trabajo estable a su llegada.
Fui a una notaría para firmar el crédito-beca. Aunque para entonces no se necesitaba fiador, para poder acceder a él tuve que saldar una deuda con Davivienda, resultado de una tarjeta de crédito que no supe manejar. Me fui a la Universidad de Montreal y, ya allí, fui feliz en un doctorado en Geografía, pese a la dureza de la exigencia académica en otro idioma y de los inviernos. En una de mis visitas a Colombia para hacer trabajo de campo, al conversar con una profesora titular de una universidad privada, volvió a aparecer la misma advertencia: no hay puestos ni ecosistema de investigación. Ella opinaba como Soler, que ofrecer tantas becas estatales era como “dotar de helipuertos a todos los edificios de más de cinco pisos: puede añadirle mucho pedigrí a la ciudad, pero no sirve para nada”.
De paso, si todo el mundo tiene doctorado se perratean los doctorados. No usó la palabra perratear, sino un eufemismo como el que usa Soler: “Es una ruta hacia una devaluación de los títulos”.
El comentario, nuevamente, me resbaló. No solo porque me fastidiaba que gente viviendo bien con doctorado me dijera que era mala idea en mi caso, sino porque, para entonces, ya había entendido que el ecosistema de investigación se construye día a día y que ya era parte de él desde mucho antes de irme: llevaba más de una década investigando. El apoyo estatal me abrió los horizontes de algo que hasta entonces había sido imposible: el tiempo remunerado para estudiar, leer con calma, entender tantísimas cosas. Fue un espacio legítimo para formarme que me permitió habitar la investigación sin afán y como oficio. Quisiera que muchas personas accedieran a lo mismo.
Llevo casi 10 años en Países Bajos, pero he trabajado y conseguido fondos para la investigación en Colombia. Tengo la esperanza de volver. Me sostiene la intuición de que la universidad es un cruce de caminos y que puede reinventarse más allá de las tendencias demográficas y las agendas de gobiernos cambiantes.
