“Necesitamos un Alberto Fujimori”, explicó con seguridad mi compañera de curso en la Floridablanca de mediados de los noventa. Otras en el salón asintieron con entusiasmo. Rondábamos los 13 años y todas las simpatizantes del mandatario del Perú repetían opiniones de sus padres, empresarios, finqueros o políticos de Santander. Debo reconocer que en mi casa, donde bailábamos entonces al son de los ritmos de mi mamá, una ocañera práctica y recochera (con un compás de justicia social intrínseco y cotidiano), sabíamos poco (o nada) sobre política exterior.
“Necesitamos un Nayib Bukele” explicaron veinte “distinguidos empresarios...
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