Publicidad

El goce y el saqueo

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Tatiana Acevedo Guerrero
12 de julio de 2026 - 05:05 a. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

“El capitalismo saquea la sensualidad del cuerpo”, escribió el profesor Terry Eagleton. Durante los últimos dos años, trabajando en barrios populares de Indonesia, Mozambique y Colombia, he pensado que la frase no alcanza a abarcar las muchas formas de goce que marcan el ritmo de la vida cotidiana. En el tiempo que he pasado con mujeres de estos lugares me he conmovido, me he reído y sobre todo he cantado. En Indonesia, bailamos una tarde aprovechando la música romántica que salía de un bafle frente a una plaza de mercado. Vendedoras de pescado que atendían cerca a la puerta dejaron el puesto un ratico para venir a bailar también. En Mozambique, tomamos ginebra saborizada en lata en una tienda frente a la terminal de transportes. Cantamos leyendo las letras en internet y se formó un ambiente competitivo en que las más jóvenes nos mostraron a las demás, cuarentonas y cincuentonas, los pasos más difíciles. En el Caribe colombiano, comimos como rotas, hablamos de telenovelas entrañables, bailamos champetas viejas y los éxitos de Patricia Teherán.

“El capitalismo no saquea la sensualidad del cuerpo”, pensé en medio de espacios en que, pese al rebusque cotidiano y la dificultad de hacer aseo, de la lluvia (cuando es mucha y se mete a la casa) y de los problemas familiares, se celebra la risa, el baile, la recocha y el canto.

En los últimos meses he matizado esa opinión.

Desde mediados de abril de 2026, Maputo vive una escasez severa de gasolina. Hay filas en todas partes, con choferes tratando de comprarla y personas tratando de agarrar microbuses o mototaxis para llegar a los lugares en los que trabajan. Los efectos en la vida diaria son durísimos. Las mujeres, que tienen que llegar a trabajar en ventas ambulantes, peluquerías o casas en los barrios de mejores ingresos, salen desde la madrugada. En una ciudad capital que no tiene ninguna fuente de trabajo estable, que ha sobrevivido recientemente al colonialismo y la guerra civil, la falta de transporte corta en seco las necesidades más básicas: plata para la comida, el arriendo, los minutos del celular. Nadie en los barrios puede hacer nada al respecto, ni siquiera nadie en el Gobierno nacional (con acusaciones de fraude y gran corrupción) tiene margen de maniobra. Esto porque la gasolina depende de hombres que toman decisiones lejos del sur de África.

En febrero, Trump e Israel lanzaron una guerra aérea contra Irán y, como respuesta, Irán bloqueó el estrecho de Ormuz (por donde transita aproximadamente el 25 % del comercio mundial de petróleo). El gobierno mozambiqueño admite, cada que puede, que la escasez de gasolina se da por el aumento de los costos de importación ya que el país importa todo su combustible refinado del petróleo. La vida en el barrio transcurre entre frustración y angustia. Por estos días no hay espacio para el goce.

En septiembre de 2025, Trump anunció que la armada estadounidense había atacado una lancha procedente de Venezuela, matando a las 11 personas que iban en ella. El gobierno alegó que el barco transportaba drogas, pero no aportó pruebas de la presencia de narcóticos o armas. Cabe aclarar, además, que la pena de muerte por narcotráfico no está establecida por la constitución gringa. A partir de ahí la campaña escaló, y entre septiembre y diciembre de 2025, la mentada armada hizo 26 ataques en el Caribe y el Pacífico, con al menos 99 muertos. Para febrero de 2026, la cifra total de fallecidos era de por lo menos 144 personas.

Asociaciones de pescadores, pequeñas y grandes, denunciaron que la operación de Trump sobre la ruta caribeña era injusta y peligrosa. El Caribe no es un corredor principal de cocaína hacia Estados Unidos, pues como explica La Liga Contra el Silencio, el 80 % de las drogas sudamericanas destinadas a los gringos se mueven por el océano Pacífico desde Colombia y Ecuador. Los familiares de sobrevivientes en Colombia y Venezuela están presos del miedo pues, si va a ser una guerra de drones, no hay pescador que pueda salir en lancha. En los barrios se aprietan las disputas por microtráficos locales y crecen las oportunidades para la violencia policial contra hombres jóvenes.

No cabe la risa, pues las mujeres están asustadas y se esmeran en la vigilancia de niños, adolescentes, esposos. Varias lidian con los recuerdos de operaciones de limpieza social en las que perdieron hijos durante el gobierno Uribe o Duque. Trump juega con la política de la cocaína, con sus cadenas de suministro, su competencia por mercados y su falta de regulación. La guerra contra las drogas es, tal vez, el capitalismo en su forma más descarnada.

Trump con sus drones, misiles, guerras, aliados, con Netanyahu y Epstein. Trump con el presidente electo por los colombianos de bien, De la Espriella. De la Espriella con alias Boliche y la DEA. El capitalismo decide la suerte y cierra los espacios de posibilidad.

Conoce más

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.