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Hizo noticia el desconcierto del movimiento Soy Porque Somos con el incumplimiento de acuerdos por cuenta de la plana mayor del Pacto Histórico. Esto, con ocasión de la publicación de las listas al Congreso, en que representantes esenciales del movimiento, como Carlos Rosero, quedaron por fuera o ubicados detrás de grandes electores o nuevos liderazgos mediáticos. Entonces hubo líderes, intelectuales y cuadros del Pacto, que hastiados con la legitimidad del liderazgo que en contra del racismo se fortalece día a día, afirmaron que dicho tipo de luchas eran hijas del “neoliberalismo”. Se dijo también que la lucha que importa es una de clases y que peleas desde “el rincón de las identidades” son invento de la “ideología global del capitalismo”. Hubo quienes hicieron énfasis, en fin, en el carácter norteamericano de las demandas, “importadas por académicos” y sin asidero en esta tierra.
Estas afirmaciones son imprecisas y tejen un manto de desesperanza sobre la posibilidad de futuros alternativos.
Es mentira, por ejemplo, que las luchas alrededor de una conciencia afrocolombiana, negra o raizal sean nuevas e importadas de los templos del capitalismo. Por el contrario, si se hace un recuento de la historia de la movilización en una ciudad como Buenaventura, puede verse la manera en que esta se tejió de la mano de experiencias del Movimiento de Derechos Civiles en Estados Unidos (Colombia tiene dos mares por los que salen y entran muchas ideas). No hace uno, dos o tres años, sino a través de los 60 y 70. Un ejemplo de este proceso es el narrado por la profesora Íngrid Bolívar Ramírez en su trabajo sobre el futbolista Víctor Campaz.
Campaz, que nació en el puerto y jugó entre 1968 y 1981, dejó siempre clara su identidad como negro pese a los ataques de directivos y locutores. Bolívar nos cuenta cómo, durante su carrera, denunció las formas de discriminación y humillación contra los jugadores negros. Creciendo entre trabajadores del puerto en contacto con marineros y viajeros estadounidenses, al tiempo que se desarrollaba la lucha por los derechos civiles, Campaz “se había vuelto especialmente consciente de la dinámica de la discriminación racial en Colombia”.
Otra imprecisión es la que reza que todos los problemas colombianos emanan de las inequidades de ingreso, posición y clase social. Por supuesto que hay groseras asimetrías en propiedades, platas, herencias y rentas. Pero hay algunas sembradas sobre una historia de exclusión racial. De “humillación”, para ponerlo en los términos de Campáz. Esto no es exclusivo de América Latina, y es posible quizás entenderlo con un caso sobre agua en la India. En ese país, pese a que grupos étnicos musulmanes se han hecho a buenos sueldos y han mandado construir sus casas y pueden pagar servicios públicos, no cuentan con servicio de agua. Pese a ser nacionales indios y tener el poder económico, la discriminación contra ellos es tal, que los propios técnicos y plomeros ven la suciedad de sus barrios como “normal” y “merecida”.
Los casos parecidos en territorios raizales, de poblaciones negras y afrodescendientes, son cientos. Esto pese a la gran diversidad de referentes étnico-raciales a lo largo de las regiones y ciudades nacionales. Un mito fundacional que gravita alrededor de la existencia de una supuesta raza de montaña y climas “buenos”, blanca y honorable y camelladora y merecedora de derechos está en la raíz de tantas discriminaciones solapadas en la cotidianidad.
En el pasado el Partido Liberal de finales de primera mitad del siglo XX entabló relaciones fuertes con liderazgos locales que pedían el fin de las injusticias basadas en el color de piel. Sin embargo, al partido, que fue el primero en buscar pactos amplios entre sectores subalternos, le pudo más el afán por copar otros espacios y concentrarse en relaciones con líderes avispados y más pálidos que, sin grandes convicciones, agregaban mucho voto. Tal vez el Pacto Histórico busque seguir un camino parecido.
