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Murió Plinio Apuleyo Mendoza. En su honor, el decálogo de la masculinidad de la élite Caribe según la escritora Marvel Moreno. Esta masculinidad no es mejor o peor que aquella de otros (todos) rincones del país: pero las brisas de agosto, el fallecimiento de Mendoza (y la inminente posesión presidencial de Abelardo de la Espriella) invitan el ejercicio.
Si un decálogo es un conjunto de principios básicos y necesarios para realizar una actividad, el primer principio para ser un hombre rico en el Caribe es actuar en manada. En un pasaje de su más importante novela, Moreno cuenta que el protagonista Benito Suárez pide ayuda a un psiquiatra y a un cura para obligar a su esposa (Dora) a confesarse en público. Benito quiere conocer los pecados que la mujer cometió antes de conocerlo y los otros dos, cómplices, entienden.
Viendo a Benito, al psiquiatra y al cura caminando juntos en la plaza del pueblo, la narradora “comprendió el parentesco que a ellos los unía, o más precisamente, tuvo la impresión de que formaban parte de la misma especie de hombres… Aparentemente dispuestos a realizar cualquier extravagancia que les cruzara por la mente así hubieran de llevarse de cuajo lo que fuera. Como cada uno debía reconocerse en el otro, no parecían tener necesidad de muchas palabras para entenderse, secundarse o entrar en complicidad”. Cada uno no se explica individualmente, sino como miembro de una manada que se reconoce y se secunda.
La manada es, o trata de ser, europea. En palabras de Moreno, la manada desea pertenecer “a la raza blanca y así formar parte de los elegidos”. Es decir, de los que mandan, legislan y dirigen. Aquellos con lazos negros o indígenas en la piel, que eran mayoría dentro de esa élite, luchaban como malmulatos y misóginos “en una sociedad que postulaba como ideal el macho blanco, es decir, el que menos dejara traslucir la contaminación de sus ancestros”.
Nuestro protagonista, Benito Suárez, era descendiente directo de italianos. A pesar “del deplorado desenlace de Mussolini”, su tío dirigía “el más influyente periódico neofascista de Turín”, y su madre intentó “hacer de él lo más parecido a un italiano en Barranquilla, un hombre capaz de apreciar las óperas de Scarlatti y Monteverdi” y tener “en la cabeza la idea de que el sentimiento de poder, la voluntad de poder, el poder mismo, era la única nobleza a la cual debía aspirar el ser humano”.
La manada es, además, religiosa. “Lleno de frustración”, escribe Moreno, este hombre blanco que constituye la élite del Caribe “se las había amañado para ignorar la realidad de su insignificancia presentándose a sí mismo como creado a imagen y semejanza de Dios (cosa que debía de hacer estremecer de risa al universo)”.
Tal vez convenga citar también las líneas en que Moreno cuenta cómo este hombre está también en contra de toda redistribución de poder y de tierra. El propio Benito Suárez (que quiere “convertir su finca en un inmenso criadero de perros de raza”) llega a la conclusión de que ante “un mundo de desposeídos al acecho de la primera ocasión para apropiarse las tierras ajenas bautizándose colonos”, él mismo debe estar presto a prevenir invasiones. Por ello respondió enérgicamente ante un campesino “cuando tuvo la audacia de tratarlo como a su igual”. Benito saltó de su jeep y macheteó al viejo campesino indefenso. Después contó la anécdota con orgullo haciendo gala del “coraje, del alma templada de los fieros guerreros que en Roma, Nápoles y Turín vaciaban aceite de ricino en las gargantas de sus adversarios entonando el himno fascista entre banderolas negras”.
Dos cosas antes de cerrar. La primera, es que Marvel Moreno nos enseña que estas cosas no cambian, necesariamente, con ascenso social. El libro concluye narrando cómo las casas del barrio el Prado de Barranquilla desaparecieron al tiempo que llegaron a la ciudad hombres enriquecidos con la marihuana y la cocaína, que levantaron palacios de mármol. Estos, sin embargo, fueron eventualmente “absorbidos por la ciudad, como antes lo fueron inmigrantes, buhoneros y prófugos”. La masculinidad cambia de dueño y de origen social, pero la ciudad la digiere igual.
La segunda es que Marvel Moreno nos enseña cómo esta masculinidad Caribe termina por destruir a los hombres que la predican. De la misma forma en que James Baldwin nos contó cómo la segregación racial estadounidense (que los blancos inventaron para salvaguardar su pureza) “los ha convertido en criminales y monstruos, y los está destruyendo”, Moreno narra cómo Benito, el hombre más violento del libro, termina en el desierto solo, sollozando en su hamaca. El hombre que fabricó el patriarcado costeño resulta ser también su víctima.
