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Encontronazos

Tatiana Acevedo Guerrero

27 de febrero de 2021 - 10:00 p. m.

A mediados de febrero fue noticia la cirugía de corazón en la que Toby, el perro de una familia del Eje Cafetero, recibiría un marcapasos. Días después Parques Nacionales anunció el proyecto de investigación Ecología Espacial del Caimán Aguja, con el que instalaron teletransmisores de todos los caimanes habitantes del Parque Natural Tayrona.

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Los humanos, nos enseñó el profesor Raymond Williams, hemos mezclado nuestro trabajo con la tierra, nuestras historias con las del medio ambiente, nuestras fuerzas con sus fuerzas. Esta mezcla entre lo social y lo natural ha sido tan profunda, que no es posible retroceder y separarlos uno de otro. Otras noticias del mes apuntan a estas trenzas inseparables que conformamos con los animales. La comunidad indígena u’wa, en zona rural de Cubará, Boyacá, pidió hace algunas semanas ayuda de instituciones estatales tras haber sido atacada por un felino (las autoridades ambientales piensan que se trata de un puma). Una niña y un joven murieron debido a la gravedad de las heridas y el municipio de Cubará se encuentra en alerta.

En otro clima y contexto, habitantes de Sucre, un municipio ubicado dentro de la depresión Momposina y que colinda con Magangué, fueron atacados por otro felino. Una familia fue malherida. Al ser entrevistados, los sobrevivientes contaron que, al oír los ruidos, se imaginaron que un tigrillo o una zorra patona estaba merodeando su vereda para comerse sus gallinas, como en otras ocasiones. Pero resultó ser un jaguar.

Encuentros inesperados similares, es decir, encontronazos entre comunidades y animales que no están acostumbrados a ver ni oír en la vida cotidiana, se presentan cada tanto y cada vez más. En ocasiones, funcionarios y medios de comunicación dan a entender que la responsabilidad es de la propia comunidad que amenaza los hábitats de más y más especies. “La comunidad invadió la ciénaga con sus chozas”, “inescrupulosos habitantes construyeron una invasión al lado del río”, “los residentes de la vereda deforestaron para hacerse a carbón vegetal”, son algunas de las descripciones que figuran a diario en la lista de culpables.

Esto es impreciso pues en la constante mezcolanza entre procesos sociales y naturales que producen nuestros paisajes nacionales, incluyendo aquellos del puma y el jaguar en Boyacá y Sucre, las relaciones sociales desiguales juegan un papel principal. Las tradiciones del privilegio heredado, los abismos de la desigualdad y los procesos históricos de racismo son los que juegan en la determinación de cómo se transforma la naturaleza: quién explota los recursos, bajo qué condiciones y con qué resultados tanto para veredas y barrios como para el agua o los jaguares.

Diez casas hechas en madera y zinc sobre una ciénaga no son las determinantes del daño al hábitat de uno u otro animal. Grandes proyectos extractivos de agroindustria palmera, cañera o arrocera son los que hacen inclinar la balanza. Grandes ensanchamientos de la frontera agropecuaria (en el largo proceso de latifundio ganadero que desacelera por momentos pero no para) son los que hacen que corredores ecológicos se tropiecen con asentamientos campesinos o con nuevos barrios informales. Grandes emprendimientos inmobiliarios con jardines y espejos de agua, que incluyen no sólo paraísos de vivienda sino también centros comerciales y hasta universidades, son los que revuelcan las fuentes de comida del jaguar y el puma. Son los sueños de fracking en el Catatumbo y los proyectos tercos de fumigación con glifosato los detonantes de estos encuentros difíciles.

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