En este septiembre que acabó, manifestantes de los municipios de San Vicente de Chucurí y Barrancabermeja bloquearon siete pozos del campo La Lizama, de Ecopetrol. Todos piden una mayor inversión social en la zona, que ha sido área de operación de la empresa por décadas. Se trata de exigencias básicas: inversión en los acueductos veredales, las vías, los puestos de salud, construcción o arreglo de escuelas y acceso a la información sobre el manejo ambiental que se le está dando a su entorno. A la atmósfera en que viven y respiran. El comité de concertación de La Lizama, integrado por 19 juntas de acción comunal de ambos municipios, explicó que “Ecopetrol no ha cumplido con un pliego de exigencias de 13 puntos sobre una serie de problemáticas sociales, ambientales, laborales, de bienes y de servicios”. Entre las peticiones más urgentes la comunidad pide tener voz e influencia en la versión final del Plan de Manejo Ambiental Integral de Mares, que regularía las operaciones en años venideros.
Fue esta misma comunidad la que en 2018 le hizo frente a la destrucción de su paisaje, cuando los errores en la operación del Pozo 158 del campo La Lizama ocasionaron el derrame de 550 barriles de petróleo, gas y lodo en 49 ríos, arroyos y caños de Santander. En total se contaminaron 24 kilómetros de la quebrada La Lizama y Caño Muerto, además del río Sogamoso. En marzo de este año los pescadores de la zona vivieron temores similares cuando vieron otro derrame de crudo en la quebrada La Lizama, producido por una fuga en una línea de producción del Pozo 19.
En su momento Ecopetrol activó un plan de contingencia para contener y limpiar el crudo. Sin embargo, ese crudo ha hecho parte de los peces, del agua y de los cuerpos de distintas generaciones por casi un siglo. De hecho, en 1966, una explosión en el Pozo 13 del mismo campo, a aproximadamente 40 kilómetros de Barranca, desencadenó grandes incendios. “Los arroyos de petróleo se deslizan sobre la quebrada La Lizama que desemboca en el río Sogamoso… Los campesinos han tenido que recoger para sus servicios agua petrolizada y el ganado beber de la misma con consecuencias no previstas hasta ahora”, reportó entonces el periódico Vanguardia Liberal.
Quienes habitan el corredor entre San Vicente de Chucurí y Barrancabermeja respiran el aire impregnado de crudo, a la vez que esperan estas inversiones prometidas. Entretanto, reportes de organizaciones de la sociedad civil hablan de problemas respiratorios, gastritis, cáncer y depresión en la zona. Los pescadores temen trabajar en los ríos cercanos a los derrames. Las personas temen nadar en ellos no solo por miedo al crudo, sino por contaminaciones de aguas negras debido a la falta de inversión en sistemas de alcantarillado inadecuados o los subproductos de la refinería.
El petróleo ha venido dejando por tanto tiempo un legado de desazón, asociado por un lado l optimismo de días mejores, en los que las riquezas se vean en oportunidades y progresos, y a cierta angustia sobre el presente de aires irrespirables y verdades incómodas. De niña y adolescente vi a varias compañeras del colegio, todas con padres trabajadores de la refinería, enfermarse de cánceres agresivos o enfermedades difíciles de diagnosticar. Tratando de hacer sentido sobre la tragedia, nadie decía nada sobre las coincidencias. Todo se hacía más difícil en un ambiente de agradecimiento con la empresa, que daba trabajo y pagaba los servicios médicos.