En un video publicado vía Twitter vimos al alcalde de Barranquilla, Jaime Pumarejo, contento. “Acabamos de llegar a Nueva York a recibir la nominación del World Resources Institute, que es, por decirlo... como un Nobel del desarrollo urbano”, contó Pumarejo, quien estudió su pregrado en Indiana y su maestría en Madrid, tiene ojos verdes y a las audiencias progresistas internacionales se les antoja carismático. “Nos están nominando”, explicó, “por nuestro programa de Todos al Parque, que lleva 10 años generando desarrollo inclusivo, conciencia ambiental, salud y participación ciudadana”.
Desarrollo inclusivo, conciencia ambiental, salud y participación. El alcalde, que en diciembre estuvo participando en la Conferencia de la Naciones Unidas sobre Diversidad Biológica en Montréal, usa palabras que hacen eco en los respectivos públicos. “Barranquilla ya ganó”, resume. Pero lo cierto, quizá, es que Pumarejo ya ganó.
Como el expresidente Iván Duque, el alcalde y su equipo han sido hábiles en entender los códigos, las fórmulas e imágenes que deben usarse para consolidar un discurso protector de la biodiversidad ante el público europeo y norteamericano. Este discurso está en boga, en un contexto mundial que se percata de que la protección de las naturalezas (incluidas las urbanas) es una forma de mitigar el cambio climático. Un público que se percata también de que, al demostrar la promoción o defensa de cierto tipo de naturalezas, gobiernos y economías pueden seguir como si nada en otros frentes.
En el caso de Barranquilla se financian e inician grandes proyectos de protección de manglares y peces y árboles. Mientras se privilegia la conservación de naturalezas carismáticas (tan carismáticas como el alcalde), se deja de lado todo lo demás. Se hace publicidad sobre conservación en ciertos barrios y se arrasa con monte en otros, para construir vivienda de interés social. Esta vivienda es necesaria, pues en afanes industriales e inmobiliarios la ciudad ha desplazado comunidades que tradicionalmente vivían cerca del agua. A la vez que se construye el Ecoparque Ciénaga de Mallorquín, que atrae hoy todo tipo de inversiones y especulaciones inmobiliarias por el metro cuadrado, se construyen multifamiliares entre malezas y barrizales.
“Barranquilla espera convertirse en la primera biodiverciudad de Colombia”, oyen habitantes de la zona metropolitana en la radio. La frase suena vacía, pues familias en Soledad, Malambo y los propios barrios de la cabecera municipal (en los sures o en Bocas de Ceniza) hacen frente a inundaciones (arroyos) cada que llueve, conviven con epidemias de dengue y chikunguña, y se las ingenian para tratar un agua potable que llega turbia. Aguas de drenaje o contaminadas, aguas quietas o estancadas entre la basura, zancudos y virus son también naturalezas urbanas. Y son el correlato del premio de Pumarejo.
“Juntos hemos creado una mejor ciudad. Lo hemos hecho nosotros”, dijo el alcalde, premio en mano. Cuando resalta que es un proceso de más de una década, Pumarejo nos invita a considerar el proyecto que la casa Char ideó y consolidó a través de las últimas décadas. Y añade que más que un proyecto se trata de “una revolución social porque ha permitido que en los barrios más populares de Barranquilla tengamos los mejores parques de la ciudad”.
“Eso significa que en los parques se hacen los cumpleaños, los picnics”, afirmó Pumarejo ante las cámaras. Exitoso y hábil, hizo zoom en árboles y pastos verdes a la vez que la ciudad es noticia por problemas de desigualdad e informalidad. Hace menos de un año, Barranquilla era la ciudad donde, según el DANE, se pasaba más hambre en el país. En marzo de 2022 sólo un 36,6 % de hogares consumían las tres comidas diarias. Los homicidios, por su parte, aumentaron en 25 % y las extorsiones, que recaen principalmente en conductores y comerciantes, en 128 %.