Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
En los cursos que dicto cada año, les explico a los estudiantes que la escasez de agua es un fenómeno social, en lugar de uno natural.
El agua y los sistemas de acueducto se politizan, a medida que varios grupos compiten por el acceso a la red de agua o son excluidos de ella. Toda ciudad experimenta (al mismo tiempo) abundancia y sequías. Es decir, por la ciudad circula agua en grandes cantidades, pero en algunas partes de la ciudad hay poca y la poca que los habitantes pueden rebuscarse es costosa. En consecuencia, la producción de naturalezas urbanas es desigual, profundamente política y siempre controvertida. Hay cotidianamente una serie de procesos ambientales que perjudican a ciertos barrios o comunidades mientras benefician a otros.
Invito a los estudiantes a cultivar una perspectiva socioambiental que considere las geometrías de poder. Los invito a que se hagan la pregunta de quién gana y quién paga cuando se trata del acceso al agua (y a la vida digna que este acceso facilita). La profesora Karen Bakker nos explicó cómo la mentada escasez del agua es siempre social. Por ello, hemos de estudiar la forma cómo la usamos y distribuimos: las relaciones, necesidades, prácticas, instituciones y tecnologías que definen quién accede y quién no. La escasez o abundancia de agua depende de factores tan diversos como la desigualdad (de ingresos y oportunidades), la densidad y distribución de la población, los hábitos sanitarios, los sistemas de distribución y los usos habituales. Esto no depende de sequías: en pleno fenómeno de El Niño, hay quienes en ciudades del Caribe colombiano tienen que comprar agua, cosechar lluvia y pasar trabajos, al tiempo que se riegan diariamente amplios campos de golf (unos de los consumidores más ávidos de agua en el mundo contemporáneo).
Bakker narró también cómo durante el fin de los años 80 y comienzos de los 90 la escasez de agua pasó a ser representada como una condición universal, lo que abrió las puertas a una nueva ética de la eficiencia, comercialización y privatización del agua. Se crearon entonces mercados, a través de los cuales el agua se asigna a sus usuarios más valiosos. Aquellos que concentran más poder económico y político.
Una de las situaciones que dan cuenta de este fenómeno es la de Palestina. Estudios publicados en la última década coinciden en que este pueblo no podrá alcanzar el Objetivo de Desarrollo Sostenible 6 (garantizar la gestión sostenible del agua y el saneamiento para todos). Coinciden en que, mediante la práctica de la hidrohegemonía, Israel controla todos los recursos hídricos en Israel y el territorio palestino ocupado.
Por una parte, hidrólogos e ingenieros documentan cómo el río Jordán y todos sus tributarios (fuentes de agua fresca de la región) son bombeados, tratados y usados casi exclusivamente por Israel. Los palestinos consiguen agua en camiones cisterna de la cooperación internacional, en pozos poco profundos de agua subterránea y en estaciones de llenado de botellas y baldes. El agua se paga cara en tiempo, esfuerzo y precio por litro. Artículos académicos e informes de agencias multilaterales han repetido a lo largo de los últimos 10 años que Gaza está en una crisis extrema de agua. En 2017 estudios en calidad hídrica comprobaron que solo el 5 % del agua de la única fuente de agua dulce de la Franja, el acuífero costero, es apta para el consumo humano. La demás causa enfermedades, pues está contaminada con materia fecal y agua salada del mar.
Pese a estar en una zona árida, Israel consume más agua que el Reino Unido. Tiene cómo reciclar agua de riego, bombear agua dulce (de los ríos disponibles) y posee plantas desalinizadoras. La escasez es política y económica, nada de esto es natural.
