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La nostalgia como programa de gobierno

Tatiana Acevedo Guerrero

26 de abril de 2026 - 12:05 a. m.
“El futuro soñado por las dos fuerzas de derecha es uno que se compromete, sobre todo, con la nostalgia”: Tatiana Acevedo Guerrero.
Foto: Archivo Particular
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El plan de gobierno de la dupla Valencia/Oviedo anuncia una “Colombia Más Grande 2026”. Ofrece mano dura en seguridad: aumentar el gasto en defensa y seguridad en cerca de 20 billones de pesos durante el cuatrienio, llegar a capacidades cercanas al 4 % del PIB, incorporar 30.000 militares y 30.000 policías, usar drones y ciberinteligencia, militarizar zonas y vías de alto riesgo, combatir extorsión, narcotráfico y crimen organizado, reactivar fumigación de cultivos ilícitos y endurecer penas. Promete recuperación económica vía inversión privada y generación de energía, reducción de impuestos para empresarios, salud estabilizada, política social focalizada con apoyo a mujeres cabeza de hogar con subsidios, crédito y cuidado infantil. Anuncia el uso intensivo de tecnología e inteligencia artificial para gobernar con “blockchain y big data”.

El plan de gobierno de De la Espriella anuncia que “La Paz No Se Negocia” y proyecta acabar con la Paz Total, capturar 10 cabecillas de alto valor por región en los primeros 90 días, retomar la aspersión con glifosato, realizar bombardeos de precisión y retomar alianzas estratégicas con Estados Unidos e Israel para recuperar la inteligencia militar. Ofrece fracking, una plataforma de universidad virtual gratuita y certificada, créditos del Icetex al 2 % con 10 años de plazo, y la ambición de convertir a Colombia en el hub gamer.

Hasta aquí, similitudes con el plan Valencia/Oviedo. La diferencia radica quizás en que De la Espriella echa mano de discursos de la ideología de género (con los que el referendo contra el proceso de paz logró mayorías). Así, mientras Valencia guarda silencio sobre derechos de hombres gais y mujeres lesbianas, De la Espriella promete creer en dios, los valores cristianos y la familia heterosexual como núcleo central de la sociedad.

Llama la atención la forma como el país menos andino entra en la narrativa de estas campañas. Pues pese a que Valencia tiene raíces en el Cauca y De la Espriella está anclado en el Caribe, ambos trazan una hoja de ruta que se relaciona con medio país a través de una promesa de violencia. El Catatumbo, el Pacífico nariñense, la frontera con Ecuador, el Cauca, el norte del Valle, Putumayo, la frontera amazónica, Caquetá, Guaviare, Meta, el Bajo Cauca antioqueño, el sur de Bolívar, Córdoba, Chocó, el litoral Pacífico, Arauca, la frontera con Venezuela, la Sierra Nevada: todos militarizados, fumigados y bajo la sospecha del centro del país. Pactos con Estados Unidos y fracking en el Valle Medio del Magdalena pese a la oposición de la comunidad organizada.

Con todas sus contradicciones y peloteras internas, el programa de gobierno Petro/Márquez prometió otro tipo de relaciones con este país: garantizar acceso a tierra y agua para familias campesinas, cambiar el enfoque de “enemigo interno” para proteger la vida, democratizar el Estado, fortalecer participación territorial. Aunque mucho quedó en desorden o a medio camino, la sospecha no fue la norma y sólo en el ámbito de lo simbólico quedó sembrado mucho entusiasmo.

El futuro soñado por las dos fuerzas de derecha es uno que se compromete, sobre todo, con la nostalgia. Se añoran días en que las reglas estaban más claras. Valencia y De la Espriella combatirán la polarización regulando el derecho a la movilización social y promoverán la vuelta a los tres huevitos de la confianza inversionista con unos impuestos más amables para la iniciativa privada. Melancolía por un país en que fricciones y resentimientos se dirimían en el ámbito de lo privado. Remembranza por un estado en que expertos hablan un lenguaje tan especializado (ayer mercados, hoy blockchain) que nadie osa entrometerse.

En una entrevista, el escritor Javier Ortiz Cassiani recuerda que en 1822 se publicó en Colombia una Geografía que, al describir a los habitantes de Cartagena, hablaba de chapetones e indígenas, pero omitía a la población negra. Esa omisión condensaba una forma de mirar el país en el siglo diecinueve: construir modernidad mirando por el espejo retrovisor, añorando la grandeza colonial y sus supuestas virtudes morales. Cartagena, ciudad profundamente negra, aprendió entonces a imaginarse blanca. Algo semejante ocurre con las promesas de una “Colombia Más Grande” en que “La Paz No Se Negocia”. Anhelan un pasado reciente, de orden y violencia, jerarquías claras y silencios. Un recuerdo de país blanco, propietario y seguro para la inversión. Un pasado que nunca fue de todos.

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