Hace algunos días, varios líderes de opinión recomendaron una columna del académico y periodista Hernando Gómez Buendía en este diario. Aunque el texto se disfrazaba de crítica a los candidatos del centro, Fajardo y López, no hablaba casi sobre estos (ni sus propuestas de gobierno). Se trataba, en cambio, de una declaración de principios sazonada con imprecisiones.
La columna sugiere que las masas enardecidas votan con el estómago (a los extremos). Gómez Buendía esquiva esta “seducción” y prefiere “un país normal”. Quiere una Colombia civilizada en la que “las instituciones funcionen”. Repite la palabra “normal”: desea “un país normal…burocrático, aburrido”. Insinúa que alguna vez lo tuvimos, pero hoy nos “parece poca cosa”. Advierte que para acercarnos a la civilización precisamos un gobierno que no prometa “redenciones ni venganzas”.
Dice que, para acceder a la mentada civilización, debemos encarrilarnos en lo que llama la “historia moderna”: de “equilibrio entre libertad y autoridad, entre mercado y solidaridad, entre cambio y prudencia”.
Lo cierto es que, con algunas excepciones, nuestra historia reciente ha tenido mandatarios “normales” y poco seductores a tutiplén. Sólo basta mirar los listados de ministros de economía plagados de apellidos, pintas, acentos y peinados repetidos. López Michelsen, Betancur, Barco, Gaviria, Pastrana y Santos Calderón fueron todos muy normales, y en las plazas públicas no se destacaron por prometer acaloradas “redenciones ni venganzas”. Tanto Duque como Uribe (en sus primeros años) gobernaron con las recetas de siempre. ¿Y qué más burocrático y aburrido que los 16 años de Frente Nacional?
Pero quizás este recuento sea muy parroquiano. Gómez Buendía nos habla de la civilización y la modernidad, que son narrativas universales.
En la historia europea moderna la mentada civilización se antepuso a la barbarie. En La maldición de la nuez moscada, Amitav Ghosh nos cuenta cómo la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (VOC) llevó a cabo entre 1609 y 1621 uno de los primeros genocidios documentados contra el pueblo Banda (en lo que es hoy Indonesia). Con el fin de asegurar el monopolio de la nuez moscada, una población de aproximadamente 15.000 personas fue reducida a menos de 1.000 a través de masacres, esclavitud y hambre. El exterminio fue el correlato de la Ilustración y la llamada Edad de Oro Holandesa. Procesos similares a los de las islas Banda se vivieron en el Caribe y después en África. La prosperidad de unos fue financiada directamente por monopolios sostenidos sobre la tierra arrasada. La civilización occidental moderna no emergió a pesar de la violencia colonial sino gracias a ella.
Quizá por ello hablar de civilización en Colombia me genera sospechas. ¿Sobre qué tierra arrasada construiríamos esta gran prosperidad?
Gómez Buendía insinúa que De la Espriella, Paloma Valencia e Iván Cepeda tienen propuestas electorales equivalentes, y concluye con el trillado “nadie tiene toda la razón”. Pero esa ecuanimidad es falsa: equiparar posiciones no es neutral cuando una de ellas niega hechos documentados o incita contra poblaciones enteras.
De la Espriella, que puntea entre la derecha, dice, por ejemplo, que “Colombia se ha convertido en una potencia mundial del aborto y hasta que no acabemos con eso, no vamos a lograr salir adelante, porque un país que asesina a sus niños es un país que no tiene futuro”. No tiene nada de razón. La candidata Valencia, a su vez, cuestionó la cifra de ejecuciones extrajudiciales revelada por la Jurisdicción Especial para la Paz - JEP (7.837 casos) diciendo que “no se puede catalogar como un crimen de lesa humanidad el asesinato perpetrado por un soldado que, por error, mata a un civil sin darse cuenta realmente quién era”. La JEP ha documentado que los casos fueron sistemáticos y premeditados: Valencia no tiene nada de razón.
Por último, haríamos bien en cuidarnos de lo banal y lo aburrido. El horror no siempre viene de monstruos, sino de burócratas ordinarios que hacen su trabajo sin pensar en las consecuencias humanas. Después de todo fue durante el Ministerio de Defensa de Juan Manuel Santos, adalid de la normalidad, en que se concentró el pico más documentado de ejecuciones extrajudiciales entre 2007 y 2008.