Durante las semanas que pasaron subió el dólar y muchos lo achacaron a posibles políticas en hidrocarburos. Subieron también los números de hectáreas de coca cultivada. Un frenesí mediático se ocupó de hablar y escribir sobre exploraciones y explotaciones petroleras (perspectivas, chismes), sobre cultivos y sustituciones. Es normal. Como se ha dicho hasta el cansancio, es el nuestro un país minero y coquero, por lo que se espera que sean estos los ejes y las angustias del Gobierno Petro. Los ojos están puestos en las posibilidades de regulación del cultivo de hoja de coca y en el sueño de un país en que la minería no sea fuente de despojo y devastación ecológica.
Un proceso queda, sin embargo, fuera de la conversación principal: el de la urbanización. O, más que urbanización, el proceso de rebusques urbanos.
Pues además de ser minero y coquero este es un territorio muy urbano. Y aunque refinerías y cultivos dejan un legado de plata en las ciudades, no es esta la que asegura la cotidianidad de una mayoría de barrios. Son Cúcuta, Barranquilla, Ibagué, Cali y Bogotá lugares extremadamente desiguales en que la supervivencia depende, sobre todo, del trabajo informal. Reciclaje de todo tipo de materiales, ventas callejeras, trabajo en construcción de edificios, quehaceres alrededor de la belleza. Labores de limpieza, de cocina, de jardinería, de cuidado de niños ajenos. A estas ocupaciones se suman también las redes de la economía de las drogas y en general de rentas de explotación de personas o extorsiones. Todas estas, a su vez, inmersas en lógicas de créditos y deudas también (casi siempre) informales. Este entramado es complejo y se forjó durante décadas de carencias, desplazamiento forzado, violencias y pandemia. Allí florecen a la vez solidaridades (e iniciativas comunitarias), durezas y violencias.
Este andamio de economías populares está lejos de los ciclos de noticias. En cambio la seguridad (o inseguridad urbana) es prioridad suprema. Los gobiernos locales (casi a todas horas del día) priorizan el acceso de algunos barrios a la seguridad para que, en semejante desigualdad, no se desborden los peligros. Los ministros y ministras tampoco hablan mucho sobre rebusques y posibilidades urbanas.
El poco espacio para este diálogo se debe, quizás, al estrecho margen de maniobra que se está dando a Francia Márquez. Esta explicación puede parecer contraintuitiva. Márquez empezó su carrera en Suárez (Cauca), en oposición al extractivismo y en defensa de los territorios colectivos a orillas del río Ovejas. Pero parte de su vuelo y su comprensión precisa de Colombia se la debe a sus días en Cali (su conocimiento de las ciudades del litoral Pacífico, de las fibras más densas y los ritmos más rápidos del país). La forma en que interpretó, durante y después del pico de la pandemia, las carencias y el estallido social, urbano. Desde abajo supo producir un diagnóstico de los conflictos de los barrios a partir de luchas que determinaron las elecciones presidenciales. La entonces candidata radicalizó y sumó a varios sectores porque supo mapear y juntar varias causas que estaban en el corazón de los barrios. La desigualdad, el rebusque, el racismo, el machismo, la soledad de la juventud, por mencionar solo algunas.
Ella supo interpretar espacios de movilización frágiles, pero tercos y capaces de producir nuevas formas de poder desde abajo. Es este poder de las calles, que se apoderó de las ciudades brevemente, el que podría ser inspiración para políticas urbanas nacionales. Una conversación sobre lo urbano nos permitiría hacer frente a las dinámicas del terror financiero de bancos y gota a gotas, del endeudamiento popular y de la vida difícil de la ciudad.