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En una carta enviada al periódico El Cronista, de Santa Marta, en agosto de 1913, un hombre llamado Rafael declaró su amor por el Partido Liberal. “Yo, mayor de edad, vecino del municipio de Río de Oro, declaro espontáneamente que por tradición he venido perteneciendo al partido conservador que tantos males ha causado a nuestro país por sus doctrinas retrógradas, por sus ideas sanguinarias e hipócritas hasta el extremo de que si en sus manos tuviera volver a la Colonia, lo haría... me afilio de todo corazón al gran partido liberal, el que sin duda en no lejano día será el que traerá bienestar y progreso a nuestra querida Patria”.
Esta fue tan solo una de las declaraciones de principios que, a lo largo del siglo XX, relacionaron al Partido Liberal con principios pacíficos y de bienestar para todos. Casi diez años después, en carta enviada a la Convención Liberal de Ibagué, un grupo de liberales jóvenes, liderados por Nicolás Esguerra, explicó que, a diferencia de los conservadores y de algunos liberales de antaño, se sentían parte de un partido civil y legal, no militar. “La conciencia liberal está ganada al sostenimiento de la paz pública de modo irrevocable”, declararon.
En esta misma dirección, el partido fue definido por sus miembros como el partido que trabajaba por la “cuestión social”. En un editorial, el ahora extinto Diario Nacional explicaba: “Así como persigue la construcción de ferrocarriles y el saneamiento de los puertos para buscar el engrandecimiento patrio, debe también trabajar por el mayor bienestar de los obreros, por extirpar injusticias de clase, por conseguir la abolición de instituciones anticuadas y violatorias de los principios de igualdad y dignidad humanas”.
Durante la República Liberal la mentada cuestión social abarcó la lucha por la redistribución de la tierra y por el Estado laico. “El libre examen en religión como en política constituye uno de los principios esenciales”, declaró un editorial de la época; “eliminada la libertad de opinar, en nada vendríamos a diferenciarnos de los comunes adversarios y quedaría nuestra colectividad reducida a la triste condición de un rebaño”. Y aun en épocas de escisiones grandes, durante el frente nacional, durante la criminalización del partido y la operación avispa de los años ochenta y noventa e incluso en las primeras décadas del uribismo conservador, siempre hubo facciones o juventudes que pelearon agriamente por el alma del partido y los ideales originales. Este no es el caso ahora en que la gente asocia al partido con una cáscara vacía de sentido e ideas que consigue votos al mejor postor (y pastor). Ahora, ver al liberalismo como una empresa familiar de corrupción e intercambio de favores y puestos es parte del sentido común nacional. Ya no se oyen voces de disenso y el relevo generacional entre un padre y un hijo se vive entre el cinismo más triste y aburrido.
Hacia el final de la Hegemonía Conservadora y antes de que las nuevas generaciones se tomaran el control del liberalismo, un jovencísimo López Pumarejo se quejó de un partido que se veía tímido y conformista, embotado en su colaboración con las facciones conservadoras que les representaran más puestos. Sus palabras son relevantes hoy no solo para liberales, si es que quedan, sino para quien reciba sus votos. “El partido liberal”, declaró López, “está domesticado, limpio de ideas liberales, falto de arrestos para la lucha política, satisfecho con su porción de prebendas, a gusto... En su actividad política observa hoy las mismas prácticas, adopta los mismos procedimientos y persigue los mismos fines que su adversario tradicional. Es otro grupo esencialmente burocrático”.
