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“Tu apartamento con isla privada y playas de arena blanca en Cartagena de Indias”, anuncia la publicidad del conjunto Living Isla Bahía Kristal, “el proyecto #1 en ventas en Colombia”.
Esto ofrece la publicidad del complejo Morros Park en Cartagena: “Imagínese en un lugar de placeres simples y belleza atemporal… diseñado con sensibilidad hacia el hombre y la naturaleza… Pensado para establecer el equilibrio perfecto entre la naturaleza y el mar”.
La competencia responde con lo siguiente: “Serena del Mar es un concepto de ciudad a 15 minutos del Centro Histórico de Cartagena… 1,6 Km de playas concesionadas, 1,6 Km de canales navegables”. Y está el Florida Country Club, con casas con su propio “lago recreativo y bajo parámetros esenciales para conservación del medio ambiente”. O el condominio de experiencias Altozano, “diseñado para que usted y su familia puedan disfrutar un estilo de vida cinco estrellas... integrando su día a día con la naturaleza”.
Todos estos intentos inmobiliarios de imaginar y reconfigurar la naturaleza urbana plantean preguntas cruciales sobre cuáles y de quién son los intereses, principios y políticas que se están diseñando en Cartagena. Sobre cuáles son los futuros imaginados.
Además del sector inmobiliario de mayor lujo, el turismo participa en la invención y valorización de la naturaleza cartagenera. La ciudad, nos informa la prensa, ocupó el tercer lugar en los Wanderlust Travel Awards, “que otorga una prestigiosa revista de viajes del Reino Unido”. “La oferta turística”, afirmó Carmen Caballero, presidenta de ProColombia, “reúne productos de sol y playa y… experiencias con un componente de sostenibilidad importante”. Un turismo “que aporta positivamente al medio ambiente”, concluyó.
La idea de naturaleza urbana de ProColombia (entidad encargada de promover el “turismo, la inversión extranjera, las exportaciones no minero-energéticas y la imagen del país”) es quizá la que hoy promueve el gobierno local en la ciudad. Las alianzas ambientales que firma el alcalde con ayuda de la cooperación internacional impulsan la adaptación al cambio climático al mismo tiempo que aseguran nuevas inversiones y emprendimientos empresariales. El programa Construyendo con el Agua, por ejemplo, impulsará con ayuda de los Países Bajos la creación de un territorio de oportunidades: “resiliente, competitivo y compatible con el clima”.
Estas ideas de la naturaleza urbana desde perspectivas privadas y públicas rayan en el cinismo más perfecto cuando se comparan con las vivencias de la mayoría de la ciudad, que vive en zonas con algunos de los peores índices de pobreza multidimensional en el país: las faldas de la Popa, el margen de la ciénaga de la Virgen, El Pozón y Cerros de Albornoz. Las 129.000 personas, del millón que hay en la ciudad, que se encuentran en la miseria (no obtienen al menos $147.600 al mes para cubrir su alimentación).
Para esta mayoría las experiencias de naturaleza urbana están mediadas por las aguas desbordadas. Las lluvias de este noviembre han dejado cerca de 12.000 damnificados y 80 emergencias en Cartagena. Para estas comunidades los postes de electricidad caídos y peligrosísimos para quien se les acerque, los árboles desplomados, los deslizamientos de tierra, las casas agrietadas y los patios llenos de sedimentos.
Para quienes habitan estos barrios, la vida cotidiana está marcada por el agua almacenada con la que los hogares cocinan, lavan y resisten en la ciudad. Y con estas aguas vienen los zancudos (que son también naturaleza urbana). Con los zancudos llegan otras complicaciones. El total de casos de dengue en la ciudad notificados al Sistema de Vigilancia en Salud Pública hoy asciende a 2.289 casos: 1.342 corresponden a dengue sin signos de alarma, 883 a dengue con signos de alarma y 64 a dengue grave.
