Mi mamá, Yamile, me recogió temprano del colegio en un mediodía de comienzo de los 90. En el carro me explicó que teníamos que ir a ayudar en una situación familiar. Esa mañana, temprano, mi primo Marcos había tenido su sorteo de servicio militar en el INEM de Bucaramanga. Los estudiantes varones sacaban de una bolsa pelotas de ping pong de distintos colores. Había unas pocas verdes y quien sacara una quedaba exento. Mi primo sacó una de estas, verdes. De la emoción Marcos, que siempre ha sido espontáneo, tiró la pelota al piso y esta, hecha del plástico más barato, se rompió. Un militar le gritó que ahora tenía que ir a prestar servicio. Su mamá, mi tía Esther, llamó a mi tío Pedro para ver si un hombre podía mediar. No sé bien cómo fue la negociación, pero se nos exigió conseguir aproximadamente 100 pelotas verdes para las cuatro de la tarde.
Todas, dos tías, una prima, mi mamá y yo, estábamos angustiadas. En ese momento las mentadas pelotas se conseguían en bolsas de 12 y venían en colores surtidos. No había tantos sitios en dónde conseguirlas pues más que en sitios de deporte, se compraban en piñaterías. Yo participé rasgando el plástico y sacando las verdes. Recuerdo la urgencia de la misión, si no completábamos el encargo, algo muy malo podía pasar.
1990 fue duro en Colombia, y Santander estaba en el corazón de los problemas. En febrero de ese año, en Cimitarra, dos integrantes de las Autodefensas de Puerto Boyacá asesinaron a Josué Vargas, Saúl Castañeda y Miguel Barajas, dirigentes de la Asociación de Trabajadores Campesinos del Carare, y a la periodista Silvia Duzán, que estaba haciendo un documental sobre esta organización campesina. El Centro de Memoria Histórica ha explicado cómo, días antes, Duzán había conseguido una entrevista con alias “El Mojao” en la que aceptaba que “el paramilitarismo tenía reconocimiento y apoyo en la región y que en muchas ocasiones los paramilitares patrullaban las zonas en compañía de integrantes del Ejército, con el consentimiento de políticos y ganaderos del Magdalena Medio”. En agosto de ese mismo año, un informe de la Comisión Intercongregacional Justicia y Paz denunció la situación de violencia en el Magdalena Medio debida a “la acción de grupos paramilitares y el intenso accionar de la guerrilla”. Esta última habría minado campos, ocasionando “dolorosas tragedias”. Entre 1988 y 1992 hubo 22 masacres en Barrancabermeja.
Volviendo a aquel día, la misión salió bien. Todas colaboramos con las compras, y cumplimos con la entrega. Mi primo no fue al ejército y fue una noche feliz. Entonces se sabía que los que tenían plata, que eran minoría, compraban la libreta militar. Todos los demás tenían que preocuparse. Y aunque algunos muchachos de clases medias se quedaban en Bucaramanga como escoltas de ricos, los de colegios públicos, de familias sin liquidez ni contactos, podían terminar en cualquier parte.
Recuerdo la urgencia de la misión: salvar a todos los hombres que queríamos de un año “de servicio” por una patria injusta y desagradecida.
Hace dos meses, Abelardo de la Espriella dio un discurso sobre la necesidad de rodearse de personas comprometidas con su proyecto político. “Aquí necesitamos gente comprometida, gente doctrinaria. Cuando la patria llama a sus buenos hijos tenemos que dar un paso al frente. Necesitamos gente que se ponga las botas por el país”, exclamó.
De la Espriella anunció, “aquí vamos a pagar todos el servicio militar para sacar a este país adelante, para hacerlo grande, porque Colombia se merece un mejor futuro”. Jefes de la radio, que lo quieren tantísimo, nos han explicado que se trató de un llamado simbólico al compromiso ciudadano. Además, que el servicio militar de hoy no es el de antes: la ley exonera a hijos únicos, personas con discapacidad, miembros de ciertos grupos étnicos, víctimas del conflicto, padres de familia y objetores de conciencia. Existe además el servicio social para la paz, que equivale a la libreta militar y se presta en labores civiles.
Pero no confío en el presidente y cualquier cosa es posible con tanta intervención de Estados Unidos. Me gustaría que, por si acaso, ministros y simpatizantes (banqueros, cantantes, locutores, futbolistas, pastores, empresarios, reinas y jefes políticos de departamentos como Antioquia y Santander) salieran públicamente en tiktoks o televisión a ofrecer a sus hijos adolescentes de 15, 16, 17, 18 en extrema coherencia. El “país milagro” es uno de guerra contra las drogas que conviene a pocos y esos pocos deben ir a la guerra (y no a pasear a la Marina o la Armada). Deben ir a donde nadie quiere ir. Como dijo el presidente, “ponerse las botas”.