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Quiero invitarles a leer tres declaraciones. La primera es sobre la concentración de la tierra. En Colombia, se dice, “el número de propietarios es menor que el de propiedades, pues una sola persona puede poseer varias propiedades distintas (…) el grado de concentración resulta alarmante”. La segunda, sobre institucionalizar una política de redistribución (o solidaridad) obligatoria: “Se debe facilitar la expropiación de las grandes propiedades cuando ella aparezca necesaria para crear una organización socialmente justa y económicamente eficiente”. La tercera tiene que ver con la necesidad de fortalecer la organización campesina. “Es muy escaso el número de sindicatos de asalariados agrícolas”, puede leerse en un documento. “Las ligas campesinas que existen en algunas regiones casi siempre se han conformado alrededor de un problema de disputa sobre la propiedad de la tierra. Las disposiciones sobre salario mínimo, cesantías, descanso obligatorio, etc., son constantemente violadas. El salario campesino es excesivamente bajo”.
Aunque las tres declaraciones parecen recientes por su relevancia y actualidad, son de comienzos de los años sesenta. No mencionadas por funcionarios o personajes de izquierda, sino por el político liberal de centro Carlos Lleras Restrepo. En el marco de sus funciones como presidente de la Sociedad Económica de Amigos del País, fundada en 1956, Lleras presentó un estudio sobre las condiciones agrarias vigentes. Cuando, poquito después, fue nombrado en el gobierno de su primo lejano Alberto Lleras, Carlos, que era reservado y serio, hizo declaraciones enfáticas. “Me juego entero mi prestigio y mi vida política por la reforma agraria. Vamos a ver si somos o no capaces de sacar una ley agraria que inaugure la gran revolución social de Colombia”, dijo en un viaje a Bucaramanga.
En sus memorias podemos rastrear sus convicciones sobre la reforma hasta los años treinta, cuando fue joven secretario de Gobierno de Cundinamarca. “Las medidas que se adopten para resolver el conflicto social agrario”, escribió en 1934, “no pueden tomarse como fines en sí mismas, sino como preparatorias de la transformación social agraria que establezca en la República un nuevo Estado social más acorde con los postulados de justicia”. A diferencia de otros, Lleras Restrepo no desligó el problema de concentración de la tierra del problema de explotación laboral.
Para entonces, en búsqueda de soluciones al problema de la hacienda El Chocho (en Fusagasugá), cuyos aparceros exigían mejoras laborales a sus empleadores, los hermanos Carlos y Manuel Caballero, el Lleras funcionario escribió que eran necesarios “el fomento del trabajador autónomo, la preparación y realización de un nuevo Estado social donde las relaciones de patrono a trabajador desaparezcan, para dar lugar al trabajo ejecutado por el campesino dentro de su propia parcela, o por las cooperativas y asociaciones de trabajadores, dentro de terrenos comunes”. Desde la Secretaría de Gobierno hizo posible la compra de la hacienda, que fue dividida y adjudicada por la Gobernación.
Todo lo narrado en esta columna sucedió antes de la presidencia de Lleras Restrepo, que tuvo lugar (con su respectiva reforma agraria) al final de los sesenta. Durante su gobierno se creó la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos, una organización gremial encargada de sistematizar y representar las demandas y reivindicaciones de los campesinos del país. Las décadas que le siguieron fueron de violencia y explotación contra campesinos, campesinas y cualquier rezago de su organización. Además de la enorme cantidad de víctimas que produjo el conflicto armado (más de 9 millones, según el Registro Único de Víctimas), antes que una revolución lo que se impuso fue una contrarreforma agraria en que se expropió la tierra campesina.
Hoy como en los sesenta hay que leer la respuesta de Lleras a la oposición: “¿Es acaso que se quiere regresar por estos caminos de irresponsabilidad y de mentira a las hogueras de la violencia que ya una vez encendieron los profetas del rencor y la intransigencia?”.
