El pasado 22 de marzo, la Alcaldía de Barranquilla lanzó una nueva campaña de publicidad. “En el Día Mundial del Agua”, dice la entidad, “les presentamos a Man Glar, quien en sus versos nos habla de su hogar único, donde se unen el río, el mar y la ciénaga de Mallorquín. ¡Colaboremos para que sea viral!”. Man Glar tiene la forma de una raíz y un sombrero de guineo. Aparece cantando y caminando con un trasfondo de naturaleza y cielo. Su canto explica cómo los manglares sumergidos en el agua salada ayudan a prevenir las tormentas, regular las temperaturas y disminuir la contaminación. Sirven como hogar para animales y, en general, protegen el ecosistema. La canción y la campaña dan cuenta de la importancia de estas formaciones densas y ricas, en la intersección entre el mar y la tierra.
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Man Glar, sin embargo, aparece solito en las imágenes quietas y los videos publicitarios de la Alcaldía. Y esta soledad con que se le imagina no solo es imprecisa, sino quizás un poco preocupante. Pues los manglares han sido parte de la vida de tantísimas comunidades a lo largo de la historia de ciudades como Barranquilla y al dibujarlos sin personas alrededor las autoridades dejan ver tal vez la ciudad que imaginan. Una en que proyectos de resiliencia y adaptación al cambio climático impliquen pensar los ecosistemas aparte de los barrios que los han habitado.
Esto no es exclusivo del Caribe urbano, pues varias investigaciones han demostrado cómo las acciones emprendidas para la adaptación climática suelen tener impactos que atizan y empeoran la vulnerabilidad de algunas poblaciones. En ciudades como Calcuta, en la India, los resultados de la adaptación se entrelazan con historias de despojo y han llevado al surgimiento de movimientos por la justicia. La adaptación al cambio climático, nos dicen profesores y activistas, es un problema fundamentalmente político, pero se asume como uno eminentemente técnico: de infraestructura e ingeniería.
Los proyectos de desarrollo en furor de una ciudad resiliente frecuentemente se piensan a espaldas (y a costa) de las poblaciones con menos ingresos y margen de maniobra. Esto, debido no solo a que dichos proyectos suelen ser pensados como oportunidades de inversión y negocio, sino también porque, una vez intervenidas, costas y mareas suelen convertirse en espacios para algún tipo de consumo más ecológico. Con este, a veces llega cierta seguridad privada. En el caso de la ciénaga de Mallorquín y su personaje bailarín Man Glar, la construcción del llamado Ecoparque augura el empeoramiento de desigualdades en nombre del cambio climático.
Así lo ha dicho y repetido el profesor Pablo Pachón, quien ha acompañado procesos de veeduría y cuidado de la ciénaga y los tejidos sociales que la abrazan. El barrio Las Flores (con más de 8.000 habitantes), el corregimiento La Playa (con alrededor de 21.000), el tajamar de Bocas de Ceniza y la playa Puerto Mocho quisieron estar más involucrados. No obstante, aparte de algunas promesas sobre posibles empleos en el mentado Ecoparque, hoy se mantienen a la espera de un futuro incierto. Desde hace más de dos años, Pachón viene alertando sobre la falta de transparencia en los planes de la Alcaldía, que incluyen la construcción de una piscina natural, un teatrino, muelles para actividades náuticas, restaurantes, senderos peatonales, ciclorrutas y zonas para eventos, entre otras obras. “Comenzaron la construcción del proyecto”, explica, “y las comunidades aledañas siguen en su mayoría sin conocer a profundidad lo que implica”.
Ni Man Glar en el Caribe ni aquellos que hacen parte de la cotidianidad en el Pacífico viven y crecen sin gente. Caseteros, habitantes, pescadores, mujeres y hombres que manejan los trencitos turísticos también son parte de la canción.