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Las mujeres y los hombres excombatientes de las Farc compartieron el tiempo de la guerra. Un tiempo de espera. Una caminata entre páramos, selvas, bosques, sabanas y ríos en la que “el 97 % del tiempo” se fue en “estar allí en la naturaleza, no (en) el combate”. Una colección de escritos recoge el trabajo de nueve mujeres y dos hombres, en el espacio auspiciado por el Instituto Caro y Cuervo y el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación. En él nos cuentan 11 historias hechas de recuerdos y pedacitos de diarios sobre las entradas y salidas de la guerrilla, los días y las noches en los campamentos. La naturaleza se establece como el punto de entrada para entender el pasado, la guerra y, sobre todo, el país.
“¿Qué era lo que ellas y ellos habían visto que nadie más había visto?”, se pregunta su coordinador creativo, Juan Álvarez, en la introducción. La pregunta, aunque parece dirigida a las memorias de verdes y animales, termina por abarcar las relaciones entre las comunidades de guerrilleros con distintas naturalezas. Al narrar estas relaciones, el libro habla también sobre la ciudad, la desigualdad, las familias, la niñez y el Estado.
Autoras y autores nos hablan ante todo de las artes de la atención cultivadas a lo largo de los años. De cómo aprendieron a fijarse en los pastos blanditos del páramo de Sumapaz o los ríos que riegan las sabanas del Yarí. Disney Cardoso nos invita a distinguir entre los verdes de los árboles en una vereda de Caldas: “Guamo, cucharo, guásimo, arrayán y bejucos”. El inventario lo hace pese a que en la guerrilla no se permitía llevar registros escritos. Ni era fácil andar con los recuerdos al hombro ni tampoco preservar hojas de papel entre las aguas de los caminos. “Recuerdo que muchas veces tuve que escribir a escondidas en hojas que iba guardando en bolsas para que no se mojaran cuando pasaba por los ríos y las quebradas”, dice Cardoso, “incluso le había sacado un bolsillo nuevo a la maleta para que, en las revisiones que nos hacían, no encontraran nada”.
Hubo quienes, de tanto fijarse, “leían de corrido y sin vacilar los aromas de las plantas, el canto de los pájaros, el grosor de los árboles, el tamaño de las piedras”. Estos, dice Doris Suárez, eran quienes navegaban sin brújula, pues conocían los ritmos con que se mueven los árboles y los “olores del verde”.
Los relatos nos llevan además a una vulnerabilidad compartida. Durante la guerra se sentían presos de la misma intemperie y soledad en que se encontraban los árboles y los animales. “La lucha también la libré adentro. A solas conmigo”, nos explica una de las autoras. Hoy, desubicándose en la ciudad o bregando para sacar adelante sus proyectos productivos en medio de una lucha por la supervivencia.
La fragilidad de la naturaleza fue también la de las comunidades que tienen que “tumbar montaña adentro, muchas veces solo con machete y hacha hasta arrancar la última rama y así poder sembrar comida y pasto para los animales, y con la misma madera tumbada construir su casita”, escribe Manuela Marín. Arduo trabajo familiar que con los años se convirtió en pequeños fundos, en muchos casos distanciados por horas uno del otro. Explorando esta fragilidad, Lidia Alape habla sobre un pasado y presente pos-Acuerdo, en el que las relaciones entre los colombianos y la naturaleza siguen mediadas por ejércitos y despojos. “La naturaleza siempre está en medio de la guerra. Si no es el río el que te da una mano, es un árbol, un animal, un clima”, sostiene. “Es una tristeza decirlo, pero cada recurso de la naturaleza, de una u otra manera, es también un recurso para la guerra”.
