¿Qué es lo que requiere el distrito de Buenaventura para pasar esta crisis?, le preguntaron esta semana los periodistas al alcalde Hugo Vidal. El mandatario, que antes de lanzarse a la política forjó sus convicciones dentro del Comité del Paro Cívico, ha encarado todas las tormentas: una de enfermedad y precariedad laboral desatada por la pandemia, otra desencadenada por el enfrentamiento armado en los barrios y una más por la caída de un tubo que dejó a la ciudad sin agua por 15 días. Pero, pese a tener la capacidad de decidir sobre las acciones más menudas (mandar un carrotanque para repartir agua, convocar consejos de seguridad, levantar fondos para algún subsidio), el alcalde sabe que, a fin de cuentas, la situación de la ciudad lo sobrepasa.
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En un libro sobre Beirut, capital de Líbano, la profesora Hiba Bou Akar cuenta cómo al caminar por la ciudad no solo sintió los fantasmas de guerras pasadas, sino también las sombras de otras nuevas por venir. Algo similar es lo que les ocurre a tantos habitantes del puerto de Buenaventura, para quienes los procesos de paz no han traído la paz larga, sino variaciones en los ritmos y las mareas de la guerra. Por esto, a tantos de quienes conocen y quieren la ciudad los invade la certeza de que no habrá final alguno para los conflictos que suceden cotidianamente, pues estos tienen asidero en la guerra más amplia contra las drogas.
Cuenta el personero de Buenaventura, Edwin Patiño, que los asesinados en lo que va de 2021 fueron jóvenes en su mayoría. Algunos menores de 18, todos menores de 30. Cuenta cómo hay varios hombres y mujeres jóvenes desaparecidos cuyos familiares prefieren no denunciar por miedo a represalias contra otros jóvenes de la familia. Explica que no hay trabajo ni con qué rebuscarse para hacer el diario en la ciudad y que es en esta rutina que florece la criminalidad de cualquier tipo. A diferencia de otros momentos, en que grupos de hombres armados llegaron de otros sitios, hoy son los propios hijos, primos y hermanos de las comunidades que salen desplazadas los que conforman cuadrillas de extorsión, micro y narcotráfico. Añade el personero que hoy hacen falta los colegios.
No hay para dónde agarrar ni una renta básica que asegure un plante para las familias. La captura y judicialización de quienes hoy se enfrentan en balaceras no tienen ningún sentido si se sopesan con la presente crisis carcelaria. Desde la cárcel, donde entre todas las carencias se sobrevive apenas, también se hacen extorsiones (micro y narcotráfico igualmente). Sin cambio alguno en la política de drogas (el gobierno Duque propone exactamente lo mismo que todos los otros anteriores), no habrá otro futuro para Buenaventura.
Este no es el único proceso que se le escapa de las manos al movimiento detrás del paro cívico que eligió al alcalde Vidal. La especulación inmobiliaria con tierras porteñas no solo excede los poderes del gobierno local, sino los de organismos de control, pues tiene que ver con impresionantes inversiones nacionales y transnacionales. Como ya sabemos, en distintas regiones del país no hubo desplazamiento por causa de la guerra. Por el contrario, en algunos municipios hubo guerra para que hubiese desplazamiento y se concertara el despojo de tierras por parte de empresas palmicultoras de gran capital colombiano e internacional. De la misma manera, hubo y hay guerra en Buenaventura para que se concreten proyectos de desarrollo.
“Cada vez que se genera la violencia en un sector es porque algo viene atrás”, expuso el líder Temístocles Machado, meses antes de ser asesinado en el barrio Isla de la Paz de Buenaventura. “Es porque viene una obra diseñada”, explicó; “generan un conflicto para obligar a la comunidad a salir y dejar abandonadas sus viviendas. O que vendan a un precio irrisorio”.
Sale la gente y llega el proyecto de desarrollo, en un mosaico de destrucción y construcción.