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Promesas hechas en mala poesía

Tatiana Acevedo Guerrero

22 de mayo de 2022 - 12:30 a. m.

En su columna en El País de España, el escritor Juan Gabriel Vásquez anuncia su voto a la Presidencia y nos explica su desprecio por la polarización deliberada que personifican las campañas y propuestas de la derecha y la izquierda. Estas, nos dice, usan “la polarización deliberada como estrategia electoral, y la agresión y la calumnia como única forma de conversación ciudadana”.

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Para el escritor, el uribismo representa el miedo (¿al comunismo y el homosexualismo?) y el Pacto Histórico o la Colombia Humana encarna la rabia y la venganza, “por desprecio del otro o por la convicción irrefutable de ser despreciados”. Sin hablar de los legados (mortales para tantos) del uribismo en cuestión, Vásquez equipara a ambas fuerzas y afirma que “el problema es que a los colombianos no les alcanza la imaginación” para concebir un gobierno como el que propone Fajardo.

A las relaciones asimétricas de poder que se sienten y se viven en cada minuto del día en Colombia, y que se traducen en la prosperidad de unos a expensas del despojo de otros, Vásquez las nombra como “odios”. No usa la palabra desigualdad, sino la palabra odio. No hay desigualdad entre las familias que tienen todo y las mujeres que crían a sus hijos y limpian sus casas sin prestaciones sociales. Lo que hay es odio.

Lo que me llama la atención de la columna es el desprecio con el que se aproxima a las propuestas del Pacto Histórico. A diferencia del “programa responsable y concreto de Fajardo”, que “ha sido elogiado por los economistas más sabios de este país”, las ideas de Gustavo Petro y Francia Márquez son descritas en la columna como “castillos en el aire” y “promesas hechas en mala poesía”. Es injusto ese dejo despectivo frente a los discursos del Pacto, pronunciados en tantas plazas durante tantos meses y oídos con tanta esperanza por tanta gente.

¿A qué se referirá con castillos en el aire?

Tal vez al modelo económico para garantizar la vida que propone el plan de gobierno del Pacto, que reconoce cómo la extracción de combustibles fósiles ha sido “fuente de contaminación, corrupción, erosión cultural y conflictos socioambientales, derivando en violencia, amedrentamientos y asesinatos de defensoras y defensores del ambiente”. Por ello propone el desescalamiento gradual de la dependencia económica del petróleo y del carbón, y apuesta por otras fuentes de ingresos basadas en la biodiversidad del país, lo que “facilitaría la generación de condiciones de vida digna para muchas personas, especialmente pueblos indígenas, afrocolombianos, campesinos y víctimas del conflicto armado y de los megaproyectos energéticos”.

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¿A qué se referirá con mala poesía?

Tal vez al discurso de Francia Márquez, que se siente a veces como canción o poesía. “La política de la muerte”, explica Márquez, “nos condenó a vivir en medio del sufrimiento”. Condenó a la desolación a los jóvenes, pues les impidió seguir viendo (más de 100 personas perdieron habilidad para ver por ataques del Esmad en 2021). Condenó a las madres de los 6.402 jóvenes ejecutados por el Estado en la política de falsos positivos a no tenerlos más. La política de muerte, nos enseña, es una política de guerra y exclusión. “Hoy las nadies”, recita Francia en una plaza, “estamos acá ocupando el Estado porque queremos vivir sabroso”. Y la gente aplaude porque sabe que esta vida sería una sin miedo, en la que desde y con los territorios se pueda aspirar a vivir en dignidad.

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Como toda construcción colectiva, el Pacto Histórico tiene y tendrá todo tipo de contradicciones y problemas. Pero me entristece que uno de los artistas más importantes del país no conciba como factible un mañana sin extractivismo y califique el entusiasmo popular alrededor de un futuro distinto de mala “poesía”. Quizá tenga que ver con que, en cierta medida, su vida como escritor que localiza historias insólitas o asombrosas en estas tierras y las cuenta al mundo que se sorprende, es de algún modo un quehacer extractivista.

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