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Escuché esta semana a la profesora Teresa Caldeira hablando sobre la movilidad social en Brasil. Contó cómo, gracias a procesos estatales de construcción de vivienda social en la ciudad, una segunda generación tiene por primera vez en la historia de ese país acceso a heredar propiedad privada (y cómo esto determinó la ecuación de las segundas y terceras generaciones que tienen ahora un pequeño respiro en el camino a la movilidad social). Estas inversiones también han significado una transformación en las relaciones de género. Programas de los gobiernos de izquierda, como Bolsa Familia, transfirieron fondos directamente a las mujeres de barrios populares por considerarlas la relación más estable en la vida de los y las niñas. Los efectos fueron enormes: cambió la ciudad y el país de una forma nunca antes vista.
Caldeira explicó que, como la transición fue muy grande, la reacción fue grande también. Una ola de pavor contra los muchos cambios encarnó en el bolsonarismo. Una ola de ansiedad que se levantó también contra los derechos y aperturas que comenzaban a recibir poblaciones asomadas en los bordes de promesas incumplidas de vida digna.
Dado que la transformación es profunda, la intransigencia también lo es. Algo similar vemos hoy en Colombia. La sacudida no es aún tan tectónica como en Brasil, ni De la Espriella es (todavía) Bolsonaro. Pero hay parecidos en ambos procesos. En plata blanca, pese a que sólo van cuatro años, vemos saltos claros y palpables. Tenemos un salario mínimo digno que, pese a la informalidad, abraza a muchas personas (por ejemplo, las mujeres que trabajan como empleadas domésticas y ya habían logrado mediante la lucha sindical importantes niveles de formalización). Vemos canjes serios en la composición del gobierno que, por primera vez, tiene historias y aspectos físicos más parecidos a los del 90 % de la población de Colombia (somos un país más apache que filipichín). Hay además una reforma agraria en marcha.
Es importante seguir con ella y Cepeda es un político serio y sistemático que la quiere continuar. En el pasado todo intento por responder a las demandas básicas del campesinado fue bloqueado. Para ilustrar esa reticencia a dejar atrás el clasismo espectacular que nos caracteriza, quiero recordar una anécdota de la vida privada del expresidente y pionero de la reforma agraria Alfonso López Pumarejo.
En carta del 14 de agosto de 1940 (que reposa en el Archivo General de la Nación), López Pumarejo confesó a su hijo, López Michelsen, que tenía “entre ceja y ceja a la china María Mercedes”. Esta última, que era su hija, tenía una “vieja inclinación a cultivar relaciones con muchachas de posición más modesta”. Esta inclinación la llevó ese verano a convidar a amigas “de posición más modesta” a pasar unos días en la casa de la familia en Nueva York.
“Y no necesito decirte cuánto me impacienta tener a la familia instalada en Park Avenue para que María Mercedes ande de arriba abajo con Cecilia Trujillo, como andaba en Bogotá con las Ferreritos o las Hernández (…)”, escribió el entonces expresidente. Conviene tener en cuenta que en ese momento este hombre, uno de los mejores (y más progresistas) políticos colombianos del siglo XX, tenía en su cabeza preocupaciones de alto calibre, incluyendo su postulación para la reelección un par de años después. No obstante lo preocupaban estas “inclinaciones” y hubiera deseado, de acuerdo a la carta, que María se juntara “con las Holguín, las Kopp o las Obregón Rocha”.
Estoy cien por ciento segura de que en las cartas de los conservadores (casi todos eugenistas) que detestaban los lazos indígenas y negros en la piel de la nación, ha de haber cosas mucho peores. Cosas indecibles que nunca vamos a conocer ya que nadie las va a publicar. Si el mejor liberal de Colombia perdía el sueño porque su hija almorzaba con las Hernández y no con las Obregón Rocha, no es difícil imaginar de qué están hechos los sueños (y las pesadillas) de quienes hoy se le oponen. Por eso voy a votar por Iván Cepeda.
