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En un editorial publicado en 1923, el extinto Diario Nacional explicó que “el libre examen en religión como en política constituye uno de los principios esenciales del Partido Liberal, y aún puede afirmarse que es la razón misma de su existencia”. “Eliminada la libertad de opinar”, concluye, “en nada vendríamos a diferenciarnos de los comunes adversarios”. Dos décadas después, Carlos Lozano y Lozano escribió en el Semanario Sábado que el Partido Liberal “ofrece tan solo instrumentos de acción destinados a obtener que los pueblos estén siempre mejor que ayer y menos bien que mañana”. En 1944 Luis Cano afirmó en el mismo Semanario Sábado que el conservatismo desconfiaba profundamente de la población, y que los liberales ante todo se definían en oposición a esta práctica. “Se diferencian las doctrinas”, explicó, “en el trato de los trabajadores, que para unos son la canalla y para los otros son el pueblo”.
Entre estas nostalgias se formó Horacio Serpa, quien creció en la Bucaramanga sin abolengos, se graduó como abogado en la pública Universidad del Atlántico, en Barranquilla, y militó en el Movimiento Revolucionario Liberal (MRL) de López Michelsen, en los 60. Fue juez civil en Barrancabermeja, juez penal municipal de San Vicente de Chucurí, juez penal del Circuito de Barrancabermeja, investigador criminal de Santander, juez superior y concejal de Barrancabermeja. Tras la ruptura y la resaca del MRL, Serpa vivió en un Santander donde acumulaba votos la Anapo, florecía la teología de la liberación y se afianzaba la movilización urbana barrial por el acceso a los servicios públicos. También fueron años en que crecieron en el departamento el Eln y las Farc-Ep. Fue en este panorama y en el puerto petrolero de inicio de los 70 que, junto con otros políticos profesionales, fundó el Frente de Izquierda Liberal Auténtico (FILA).
Hace dos años vi a Serpa tomándose un tinto en Bucaramanga y me acerqué a saludarlo. Para entonces me interesaba conocer sobre la suerte de los bocachicos que nadaban en el río Magdalena de mi infancia. “Ya no hay”, me explicó con una sonrisa, “ya el río no es como antes”. Pensé después que he debido preguntarle sobre muchas más cosas, pues siempre había claridad en su sinceridad. Sinceridad sobre los bemoles de la región, las transacciones con el centro, el clasismo nacional y los obstáculos a cualquier redistribución. En su libro, Luis Pinilla cuenta que cuando fue nombrado alcalde de Barrancabermeja, en 1970, recibió el cargo de manos de Serpa, quien llevaba diez meses como alcalde. Serpa le explicó: “Luis, aquí hay muy poco por hacer, porque no hay plata. Intente mantener las carreteras en buen estado”.
Entonces la política del puerto cerraba las puertas a cualquier conservatismo y exigía mayor inversión por parte del Gobierno central, que manejaba las regalías de Ecopetrol. En el Concejo reinaba el liberalismo hacia la izquierda y tenían curules varios movimientos urbanos populares. Cuenta Luis van Isschot cómo este Concejo declaró en 1969 la solidaridad con el presidente de Chile, Salvador Allende, e hizo una petición formal a la nación para que se le devolviera el cadáver del cura Camilo Torres a su familia. Luego de participar en este momento en que la ciudad se imaginó un futuro distinto, Serpa hizo una carrera en Bogotá. Además de representante, fue senador, hombre de partido y procurador general de la Nación. Cuando fue nombrado procurador, tanto Barrancabermeja como el departamento amanecían bajo la incertidumbre de la arremetida paramilitar, tras la masacre de La Rochela. Serpa militó en el mismo Partido Liberal santandereano en que militaban las facciones que financiaron e instigaron la masacre. Facciones que en alianza con paramilitares arrasaron con toda una generación de activismo en Barrancabermeja.
En el imaginario nacional quedan de él quizá malos recuerdos que lo relacionan con la corrupción del oficialismo liberal y el gobierno de Ernesto Samper. Tal vez por esto se ha escrito poco frente a su muerte. Sin embargo, Serpa se lleva su conocimiento sobre el ocaso de la izquierda liberal. A diferencia de López Michelsen y otros tantos, Serpa no fue (en palabras de Turbay) “un plutócrata en comisión dentro de la revolución”. Tendría tanto para contarnos sobre el oficio de conseguir votos en un país cundido de desigualdad, la emergencia y el predominio paramilitar, y también sobre la forma en que el Partido Liberal cedió todo su espacio e ideas al uribismo, tanto en Santander como en el resto de Colombia.
