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En una columna publicada en El Colombiano, Sebastián Castrillón propone que el presidente De la Espriella tome el “milagro de Medellín” como modelo para su proyecto de “patria milagro”. Castrillón, que es CEO de Estratek (una compañía especializada en el desarrollo de nuevos negocios de intraemprendimiento), argumenta que “el milagro” de Medellín “no lo hizo un alcalde, ni una política pública, ni un decreto”. Tomó tiempo y lo lograron “políticos de todos los bandos, empresarios y comunidades, academia y Estado”, que trabajaron juntos. Esta ciudad con infraestructura, parques y turistas se hizo posible gracias a las Empresas Públicas de Medellín EPM, que “fondean la inversión social… 1 de cada 5 pesos del presupuesto de la ciudad vienen de EPM”.
Castrillón cierra su texto citando un bambuco (“no hay duda ninguna: Antioqueño es mi Dios”) y ofrece su ayuda para construir la mentada patria milagro. Al respecto vale la pena hacer algunas precisiones.
EPM se endeudó frecuentemente con el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo y, desde finales de los 90, los mercados de capitales para construir la infraestructura sobre la que se asienta el mentado milagro. La profesora Kathryn Furlong nos ha explicado cómo la devaluación del peso hizo esa deuda impagable, pues los préstamos externos se pagan en moneda extranjera, pero los ingresos de la EPM son en pesos. El peso perdió 700 % de su valor entre 1960 y 1980 y otro 4.300 % entre 1980 y 2000. Los acreedores, con el tiempo, empezaron a mandar sobre cómo se gestionaban las EPM. Dicho de otra forma, las empresas pasaron a gobernarse en función de la deuda (y no de la gente). Con el argumento de que había que recuperar todos los costos, subieron las tarifas y el resultado fue que los usuarios se endeudaron. Si no podían pagar, les cortaban los servicios.
La deuda grande del milagro de la ciudad se repartió en deudas chiquitas que cada hogar pagó y todavía paga.
El trabajo reciente de Mariana Díaz y Julián Gómez-Delgado relatan cómo el Estado colombiano no ha sido sólo un gran deudor frente a entidades multilaterales como el Banco Mundial. Ha sido también un acreedor frente a sus propios ciudadanos, en particular los más pobres. Los enredos de deuda, explican, conectan al Estado con sus acreedores y sus deudores. Y, en el proceso, distintos gobiernos han perseguido a miles de pobladores endeudados en el campo y la ciudad.
Furlong nos cuenta que los hogares de menores ingresos representan el 83 % de las cuentas residenciales de la EPM en Medellín. Por esto, en algún punto, la deuda del milagro se volvió demasiado costosa para una población demasiado empobrecida que no pudo seguir pagando las porciones cada vez mayores que le correspondían. La solución –o “intraemprendimiento”, para parafrasear al columnista Castrillón– ha sido instaurar un sistema prepago. En 2007 se trasladaron todas las cuentas de hogares de bajos ingresos a energía prepagada.
La familia compra una tarjeta prepago por cierta cantidad de energía y el 10 % va al pago de su deuda. Desde entonces, “el esquema ha generado ingresos por 284 mil millones de pesos, pero solo ha recuperado 22 mil millones en deuda de usuarios… el 3,6 % de los 613 mil millones en mora”. La propia EPM reconoce que el modelo funciona para el 30 % de los hogares que tienen un ingreso mensual, lo que deja fuera a la mayoría que se dedica al rebusque. En 2012 se trasladaron todas las cuentas de hogares de bajos ingresos a agua prepagada con el mismo sistema.
A partir de 284 encuestas realizadas en tres barrios populares de Medellín, Furlong encontró que la mitad de los hogares está endeudada con EPM, muchos por más de 600 mil pesos, una cifra que hay que leer junto a los ingresos: el 90 % no gana el mínimo mensual y el 48 % vive con menos de 300 mil pesos. El 24 % reportó autodesconexión (no comprar ni agua ni energía prepaga), el 5 % de este 24 % se “desconecta” frecuentemente. La mitad de los encuestados reportaron “pasar hambre para pagar los servicios”.
El verdadero milagro, nos recuerda la autora, no tiene nada que ver con la inteligencia de los paisas, ni con dios, ni con EPM. El verdadero milagro ha sido exprimir con éxito a la población más pobre de la ciudad, que debe pasar hambre para asegurar el acceso a la electricidad. En palabras de un funcionario de EPM, “muchas personas dejan de comer para pagar los servicios. Adquieren un compromiso y una responsabilidad con la empresa [EPM] que ha creado unos vínculos muy interesantes entre nosotros y ellos”.
