4 Jul 2021 - 5:30 a. m.

“To the Divine Providence, with my eternal love”

Colombia fue el país más afectado por la epidemia de zika en el mundo, después de Brasil. En el mapa hecho posteriormente por epidemiólogos y entomólogos se muestra cómo a lo largo de 2017, cuando arreció la epidemia, el departamento más afectado en el país fue San Andrés y Providencia. Las cifras tienen todo el sentido. En ambos municipios, en ausencia de infraestructura adecuada, la mayoría de habitantes recolectan agua de lluvia en tanques y lavaderos, en los que pueden poner sus huevos los zancudos que transmiten el zika. En 2018, cuando la investigadora Leslie Ford visitó Providencia para preguntar a las comunidades por sus experiencias con el virus, se encontró con que ninguno de sus entrevistados había acudido al médico, aunque muchos habían enfermado durante el período. Le explicaron que una fiebre, por dura que fuera, no sería atendida debido a las condiciones del puesto médico local. El subregistro en la isla era entonces enorme. Quienes accedían al examen de laboratorio eran turistas, citadinos de otra parte que viven en la isla y habitantes con plata y medicina prepagada que podían viajar hasta San Andrés.

“Hace más de diez años que no nace un niño en Providencia, tienen que ir a San Andrés”, afirmó la lideresa y congresista Elizabeth Jay-Pang Díaz, tras el paso del huracán Iota en 2020. “La situación del puesto de salud era muy precaria antes y ahora se acabó, el huracán lo destruyó”, explicó. Cuatro años después de la epidemia de zika, la pandemia y el huracán se encontraron con el mismo, insuficiente, puesto de salud.

Iota recorrió el panorama político-económico de San Andrés y Providencia y puso de relieve las consecuencias de décadas sin inversión estatal. Décadas en que las actividades de las que depende la vida se han dejado en manos del sector privado. Décadas en que las distribuciones de agua, tierra y oportunidades ahondaron las desigualdades que ya estaban delineadas en la cotidianidad. Esta cotidianidad que, pese a la andanada católica y mestiza desde el continente, siempre ha sido hablada y cantada en creole, celebrada en la fe bautista, hecha por hombres y mujeres descendientes de africanos.

Iota y la mentada reconstrucción de Providencia han puesto al desnudo, ante los ojos de la prensa y radio bogotanas, los fracasos del Estado y el sector privado en todo lo relacionado con las actividades de cuidado sobre las cuales se hace posible la vida. Es decir, la infraestructura, la atención médica, la educación, la vivienda y la justicia social. Fue la falta de estos servicios tan básicos (y no necesariamente el agua de lluvia y el mar) la que creó las condiciones que hicieron del Iota un desastre y frustran hoy la reconstrucción. Fue este fracaso (y no necesariamente el agua de lluvia y el mar) el responsable de la destrucción social, económica y física que la tormenta dejó.

Frente a la destrucción, resiste hoy una tradición de movilización social y comunitaria raizal. Son estas las comunidades que reciben al presidente Iván Duque, cantando en creole: “Queremos nuestras casas para que todos regresen a su casa, queremos una casa para que todos vuelvan a casa”. Saben que Duque no entiende esta lengua y sin embargo sospechan que nada cambiaría si entendiera, pues, además de la canción, la situación es clara a la vista. En videos difundidos en estos días, aparecen las viviendas aún destruidas, otras sin techo, los grupos de habitantes viviendo en carpas. “La mayoría seguimos viviendo en carpas y en las ruinas de casas, pero las lluvias hacen que estemos muy mal”, dijo a la prensa Arelis Fonseca, una de las mujeres de la comunidad. Entre tanto, se acerca otra vez la temporada de tormentas.

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