Tres imprecisiones y un peligro

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Tatiana Acevedo Guerrero
25 de septiembre de 2022 - 05:30 a. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Héctor Abad anunció hace ocho días, en su columna dominical, que “ hay consenso entre muchos estudiosos en que el decrecimiento más importante para moderar el cambio climático es congelar o reversar el crecimiento de la población”. Esta es la primera línea y la primera imprecisión que introduce el texto. No hay tal consenso. Por el contrario, hay debates y corrientes muy críticas de las políticas de control de la población. No se trata de un asunto nuevo, pues el concepto de “superpoblación” es antiguo y se hizo famoso a comienzos del siglo XIX, cuando el estudioso y reverendo Thomas Malthus afirmó, a grandes rasgos, que la capacidad de la población para crecer es mayor que el poder de la Tierra para proporcionar recursos.

“Uno de los grandes problemas humanos es nuestra manía de tener muchos hijos”, explica Abad. Una vez más, no es tan cierto. Más que el número de personas que nacen, lo que nos muestra la historia es que importan la distribución y la capacidad de consumir de una u otra forma. “Dios no permita que la India alguna vez se dedique a la industria en la misma forma en que lo hizo Occidente”, afirmó Gandhi en los años 20. “Si una nación entera de 300 millones se dedicara a una explotación económica similar”, vaticinó, el mundo quedaría desnudo, agotado. Si todas las personas del mundo viviéramos como las personas en los Estados Unidos, la Tierra podría sustentar solo a 2.000 millones de personas, o menos de un tercio de la población mundial actual. Esto es aún más evidente si se tiene en cuenta el consumo histórico de cada país. Se preguntan algunos estudiosos: ¿debería la gente de Norteamérica exigir que India limite su crecimiento para que los norteamericanos (en Estados Unidos y Canadá) puedan mantener su propio nivel de vida?

“A la izquierda siempre le han parecido despreciables las políticas de control de la natalidad”, afirma también la columna Abad. En 1979, la República Popular de China (gobernada por el Partido Comunista) instituyó una política radical de planificación familiar que reguló la toma de decisiones reproductivas en todo el país y ha sido una de las más agresivas en el mundo. La política impuso un conjunto de grandes multas a las familias que tuvieran más de un hijo y dio apoyo a aquellas familias con uno solo. Con el pasar de los años quedaron claros los problemas graves de la medida: se dio, por ejemplo, una gran preferencia por los varones, lo que causó un gran número de abortos selectivos contra las niñas. Llamó la atención también que la tasa de natalidad de la región bajó tal y como lo hizo en China, en la medida en que aumentó el nivel de calidad de vida sin que los otros países tuvieran que perseguir a las familias. Y pese al control de la natalidad el impacto ambiental continuó ascendiendo sin parar: menos gente no significa menos consumo. Los países ricos, incluso si son pequeños (de familias con poca o ninguna dependencia), consumen mucho más. En esto sí hay consenso.

El peligro, desde Malthus hasta hoy, radica en que este tipo de discursos dirigen la política, la culpa y el control sobre las mujeres y sus cuerpos. Y no todas las mujeres. Ya otrora en el siglo XIX, Malthus sugirió que los pobres, sobre todo de aquellos países, son malos administradores del tiempo y del dinero, y que son dados a la procreación irracional. Insistió entonces en que el mejor remedio era la expansión de la restricción moral de las mujeres, que perdían la virtud y generaban el descontrol.

Así, las políticas de población y los esfuerzos de control están llenos de violencia e injusticia contra poblaciones racializadas, con poco margen de maniobra y de menores recursos. La política de control natal impuesta a mediados de los 1970 en la India resultó en campos de esterilización masiva y en la esterilización forzada de algunas aldeas y barrios de menores ingresos y comunidades segregadas. Un caso similar se vivió en Perú, donde más de 270.000 mujeres y 22.000 hombres, la mayoría de ellos provenientes de comunidades indígenas quechua y de familias de menores ingresos, fueron esterilizados entre 1996 y 2001. Según ha quedado establecido, la mayoría de las mujeres no recibieron atención posoperatoria adecuada y algunas murieron debido a complicaciones.

“Puede sonar cínico, pero no lo es: una manera práctica de que haya menos pobres es que nazcan menos pobres”, escribió hace ocho días Abad.

Conoce más

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta  política.