El Parque Simón Bolívar estaba a reventar. Más de medio millón de personas asistimos a este ritual que celebró los 30 años de Rock al Parque. Fue poesía pura. Cada camiseta, cada chaqueta, cada peinado y cada tatuaje se convirtió en una declaración de principios. Fuera del parque quedaron nuestras diferencias; adentro vivimos el encuentro de la diversidad, en comunión. Durante tres días fuimos un solo corazón.
Los cuatro escenarios dibujaron un mapa colorido de estilos. El metal de Apocalyptica, Stratovarius y Burning Witches convivió con la historia del rock latinoamericano, desde Los Prisioneros y Serú Girán hasta Mon Laferte y Rata Blanca. También estuvieron leyendas colombianas: Kraken, I.R.A., Darkness, Pornomotora y V for Volumen. Bandas que han hecho su camino en una ciudad que hace mucho aprendió a escuchar. Junto a ellas, agrupaciones bogotanas como Narcocracia se presentaron por primera vez y sumaron sus sonidos a una historia que sigue escribiéndose.
Fue la celebración que nos merecíamos. Gracias a las instituciones y a las miles de personas que lo hicieron posible: a quienes empezaron a imaginar esta edición hace dos años, a quienes organizaron los eventos más allá del parque; a quienes montaron las tarimas y se encargaron del sonido, a quienes orientaron y cuidaron al público, a quienes registraron cada instante, a quienes dieron vida a las zonas de emprendimiento y a quienes recogieron los residuos. Gracias a los ciudadanos por estar siempre ahí para Rock al Parque.
Rock al Parque es una política pública que echó raíces en Bogotá: una apuesta por el acceso gratuito a la cultura, la música como lugar de encuentro y el espacio público como territorio de convivencia. Esta ciudad ha sabido cuidar una fiesta en la que cabemos todos, donde las diferencias se encuentran al ritmo de una canción y la diversidad se convierte en celebración. Esta es la Bogotá que a mí me gusta. Gracias.