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Córdoba agoniza bajo el agua. En un solo día llovió más que en varias semanas y el sistema hídrico no pudo contener tanta fuerza: los ríos se desbordaron y gran parte del departamento quedó inundada. Son más de 70.000 familias afectadas, más de 250.000 personas damnificadas, miles de viviendas destruidas y más de 7.000 personas evacuadas hacia albergues improvisados. A la tragedia humana se suman miles de hectáreas de cultivos perdidas, la economía campesina devastada y la muerte de animales que eran sustento de numerosas familias.
La respuesta institucional fue inmediata: evacuaciones coordinadas por la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, operativos de la fuerza pública, distribución de alimentos y agua, brigadas médicas, apertura de albergues temporales y el apoyo de organizaciones como la Cruz Roja Colombiana. Aún así, no alcanza.
Mientras los dirigentes discuten responsabilidades y la respuesta oficial avanza con dificultad, la solidaridad emerge. En Caño Viejo Valparaíso, corregimiento de San Pelayo, cientos de familias permanecen con el agua dentro de sus casas. En medio de la tragedia hay vecinos que comparten lo poco que queda, ayudan a evacuar a los más vulnerables y resisten juntos la creciente del río. Allí, donde la ayuda tarda y el Estado apenas alcanza, son las propias comunidades las que sostienen la vida, organizan refugios improvisados y convierten la tragedia en un acto colectivo de cuidado y resistencia.
Lo que ocurre en Córdoba no es un episodio aislado. Las lluvias extremas son cada vez más frecuentes y el cambio climático ya no es una advertencia sino una dura experiencia cotidiana. Mientras quienes pueden impulsar transformaciones de fondo se deciden a aceptar esta nueva realidad, que crece y se desborda sin control, lo único que podemos hacer es crecer también en solidaridad. Está claro como el agua: el futuro será común, o no será.
