Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Rock al Parque, el festival gratuito a cielo abierto más grande de América Latina, se prepara para su edición número 30. En esta historia todos tenemos algo que celebrar. Durante tres décadas, generaciones enteras han aprendido a reconocerse entre guitarras, pogos, camisetas negras y canciones que se convirtieron en la banda sonora de Bogotá, la ciudad del rock.
Rock al Parque es el museo emocional de Bogotá. Allí están guardados nuestros recuerdos colectivos: el primer concierto, los amigos, la lluvia, los encuentros, los amores y las rupturas; Aterciopelados, Pornomotora, Morfonia y Polikarpa y sus Viciosas; Sepultura, Manu Chao, Apocalyptica y El Mago de Oz. La lista total de bandas sobrepasa el millar. Cada una ha brindado a los jóvenes su música como lugar seguro para existir.
Pocas experiencias culturales han enseñado tanto sobre convivencia y ciudadanía como este espacio donde miles de extraños descubren que la diferencia también puede ser una forma de comunidad. Rock al Parque ha sido un laboratorio. Allí aprendimos a reconocernos, a producir eventos multitudinarios, a tocar ante decenas de miles de personas, a escuchar lo que no nos gusta, a sistematizar la experiencia y a convertirla en política pública de largo aliento. Rock al parque es lo mejor de Bogotá y, esta vez, yo tuve el honor de escribir su historia.
Rock al Parque 30 años. Bogotá y las voces de la trasescena es el libro que escribí por encargo para el Idartes. Allí aparecen músicos, periodistas, fotógrafos, gestores, funcionarios y asistentes que han hecho posible el festival. Porque esta historia no le pertenece a una institución ni a una generación: le pertenece a Bogotá y a la memoria afectiva de quienes alguna vez encontraron allí un lugar para sentirse libres. Vayan a la web y bájenlo; es gratis y es nuestro. Larga vida a Rock al Parque. Porque mientras exista, Bogotá podrá mirarse, reconocerse y celebrar quién es.
