Hoy Venezuela está en el corazón de Latinoamérica. Capturaron a Maduro, el tirano, pero la libertad sigue siendo un anhelo lejano para los venezolanos. Lo que ocurrió el pasado 3 de enero no tiene que ver con la democracia, ni con la voluntad popular, ni con la soberanía. Tal y como lo explicó el presidente Trump, se trata del petróleo.
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El mensaje retumbó en toda la región: el gobierno de Trump va a pasar por encima de las normas, nacionales e internacionales, con tal de defender sus intereses económicos. El hecho, y la posterior declaración, destrozó los principios del derecho internacional y dejó a Latinoamérica en una situación de vulnerabilidad sin precedentes en la historia contemporánea.
Cada vez que se viola la ley, en el ámbito nacional o internacional, los que perdemos somos los ciudadanos; todos, sin importar la nacionalidad, el color, ni la orilla ideológica en la que nos situemos. La ley es el único recurso que tenemos las personas del común para defendernos de la barbarie. El derecho es el último dique de contención frente al abuso del poder, de la izquierda, de la derecha y de las organizaciones criminales.
Cuando las normas se rompen, lo que queda no es orden ni libertad, sino la ley del más fuerte, la arbitrariedad. En ese escenario la que pierde siempre es la población civil, los cuerpos sin protección. Es un error —y una peligrosa ilusión— creer que la democracia puede imponerse a bombazos. No hay liberación posible cuando se desconoce la soberanía y se desprecia la legalidad. Pasar por encima del derecho, como hizo Maduro durante décadas, no fortalece la democracia: la vacía de sentido y deja a las sociedades más expuestas, más frágiles y más solas frente a la barbarie. En Latinoamérica no necesitamos tiranos ni bombardeos. El Estado de Derecho, con todas sus falencias, sigue siendo nuestra mejor opción, tal vez la única; esto es lo que deberíamos estar defendiendo hoy.