Qué lección la que está dando el pueblo de los Estados Unidos estos días: iglesias que abren sus puertas para ofrecer refugio, voluntarios que acompañan a migrantes a sus citas con ICE, abogados que regalan horas de trabajo, comerciantes que cierran en señal de protesta, madres que activan alarmas cuando aparecen las redadas. Lejos de los discursos oficiales, la democracia se sostiene ahí, en gestos pequeños y valientes.
No hay épica grandilocuente: hay presencia, cuerpos que se ponen al lado de otros cuerpos. En medio del miedo y del abuso, aparece una certeza: la gente, siempre la gente que ayuda, que resiste, que persiste. Ahí, en esa suma de actos cotidianos, la democracia no se declama: se defiende.
En Colombia resulta familiar la escena; aquí sabemos bien de resistencia. Cuando asechan los violentos aparecen las comunidades que se organizan, las redes que cuidan y los ciudadanos que ponen el pecho. Lo que hoy ocurre en Estados Unidos nos recuerda que la democracia no está garantizada, es una práctica cotidiana, frágil, que depende menos de los gobiernos que de la conciencia y del coraje de quienes deciden no mirar hacia otro lado.
El autoritarismo no siempre entra con las botas puestas; muchas veces se instala por costumbre. Empieza cuando el abuso se vuelve trámite, cuando la crueldad se justifica en nombre del orden y cuando el miedo convence a la mayoría de que no hay alternativa. Así se vacía la democracia: con la repetición diaria de lo inaceptable hasta que deja de escandalizar. Por eso lo que hoy hacen miles de ciudadanos en Estados Unidos importa más allá de sus fronteras. No es solo solidaridad con los migrantes, es una defensa activa de la democracia. Nos recuerda que ningún país está a salvo y que ningún poder es absoluto cuando la ciudadanía actúa. La democracia, al final, no vive en los discursos ni en los palacios: vive en la gente que no se rinde, no se acostumbra ni se resigna a la violencia.