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La semana pasada los colombianos colorearon de amarillo las tribunas del Estadio Azteca y, por un momento, se fundieron en un solo cuerpo y una sola voz. La imagen le dio la vuelta al mundo. Las diferencias de esas ochenta mil personas —de ciudades distintas, de historias distintas y, muy probablemente, de opiniones políticas distintas— quedaron suspendidas detrás de un mismo himno. La emoción traspasó las pantallas y nos envolvió a todos los demás; por un instante recordamos que, aun siendo diferentes, seguimos formando parte de algo común.
De alguna manera, este fin de semana se repitió la escena. Más de 26 millones de colombianos acudimos a las urnas en una jornada sin precedentes. El resultado, y la diferencia de apenas un punto porcentual entre los dos candidatos, confirmaron lo que intuíamos: somos un país dividido, casi por mitades, entre dos visiones distintas sobre el rumbo que debemos tomar. Y, sin embargo, pocas veces una decisión sobre el futuro del país había reunido a tantos ciudadanos en un mismo acto colectivo.
En la trasescena ocurrió algo menos visible, pero igual de decisivo: la Registraduría coordinó una operación compleja que permitió que los ciudadanos votaran y que los resultados se conocieran con rapidez y transparencia. Esa infraestructura silenciosa hizo posible que el desacuerdo pudiera expresarse sin romper el marco común que lo contiene: la democracia.
Estos días pusieron a prueba la capacidad de convivir en medio del desacuerdo. Esa es también la tarea que queda hacia adelante: gobernar, hacer oposición y habitar la vida pública en un país que ha mostrado sus diferencias con claridad, pero que sigue necesitando espacios para construir acuerdos básicos. El reto es reconocer las distancias y, al mismo tiempo, fortalecer aquello que permite que una sociedad comparta un destino común y cante un mismo himno. Que así sea.
