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La semana pasada fui a un colegio a presentar Ucumarí, el guardián de la montaña, el libro ilustrado que me publicó Anteojos Ediciones. Era una jornada para celebrar los idiomas. La editora y yo presentamos el libro, hablamos del oso andino, del páramo, de la importancia de escribir relatos de no ficción para niños y del enfoque inclusivo de esta apuesta. Al final, canté una de las canciones que compuse como extensión del libro, mientras un profesor interpretaba la letra en Lengua de Señas Colombiana. 1.300 estudiantes rodeaban la tarima. Ninguno era sordo.
Al llegar al coro ocurrió algo inesperado. Los estudiantes –chicos y chicas de todas las edades– empezaron a seguir las señas que los profesores iban replicando desde distintos puntos. Miles de manos se alzaron al mismo tiempo; cantaban conmigo, pero sin sonido. Me tomó unos segundos asimilar lo que estaba sucediendo. Intenté mantener la voz firme. No fue fácil.
En Colombia, la Lengua de Señas Colombiana fue reconocida como lengua de la comunidad sorda mediante la Ley 324 de 1996 y su política lingüística fue reforzada con la Ley 2049 de 2020. Según el MinTIC, más de 500.000 personas con discapacidad auditiva se comunican en esta lengua. Sin embargo, el acceso a educación bilingüe, intérpretes y servicios públicos en LSC sigue siendo limitado. La lengua está reconocida en la norma, pero aún no circula con naturalidad en las aulas.
He pensado mucho en lo que pasó. Ese día no había una necesidad que atender. Había, simplemente, la disposición a habitar otra forma de expresión. Estos niños se pusieron en el lugar de las personas sordas y, por un instante, todo fue un poco mejor. Eso fue lo que me emocionó tanto. Quizás la inclusión no consista sólo en integrar al que falta. Tal vez, si logramos ensanchar la experiencia común, como ocurrió en aquel patio, algún día quepan allí otras formas de estar en el mundo, ojalá todas. Solo con eso bastaría.
