Suenan explosiones y, antes que lamentarlo, el mundo parece embelesado con la idea de la guerra. En Ucrania la invasión rusa se prolonga sin horizonte; en Gaza la devastación se hizo costumbre; y los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán amenazan con incendiar la región. A la distancia, los enfrentamientos son movidas calculadas del tablero geopolítico; de cerca, son ciudades arrasadas, familias rotas y generaciones enteras marcadas por el miedo.
Se ha instalado un clima de opinión que normaliza la confrontación armada. “Daños colaterales” y “golpes quirúrgicos” son eufemismos. El lenguaje se ha vuelto indulgente con la fuerza y severo con la humanidad. Así, los principios del Derecho Internacional han dejado de ser límites éticos para convertirse en estorbos retóricos frente a la promesa de una victoria total, siempre a un bombardeo de distancia.
Mientras tanto, el negocio florece. El último informe del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI) confirma lo evidente: el volumen global de transferencias de armas entre 2020 y 2024 fue el segundo más alto de los últimos quince años, y las cien mayores empresas del sector facturaron 679 mil millones de dólares en 2024, un récord histórico. Junto al comercio legal, el tráfico ilegal alimenta violencias locales: en Colombia se estima que uno de cada tres fusiles en circulación es ilegal, y estas armas están detrás del 78 % de los homicidios del país.
Con las guerras solo hay muerte y destrucción: pierden los civiles bajo las bombas, las democracias que erosionan sus principios y el futuro que se aplaza para todos. Ganan muy pocos: los fabricantes y comerciantes de armas, legales e ilegales, que prosperan en medio del humo y los escombros. Es una trampa creer que existe un fin capaz de justificar la barbarie. Cuando el estruendo se apague, no habrá gloria; lo único que quedará será el vacío.