Los viernes después de las cuatro de la tarde cierro el computador. Me estiro, salgo de ese mundo que tiene vida solo en mi cabeza y a continuación me lavo las manos. Mi niña de tres años, que a esa hora juega sola o con una amiga que nos visita, se me acerca y me pregunta si ya vamos a comenzar. Le digo que sí y ella celebra. Entonces, saco la harina, la levadura, la batidora y juntas organizamos los ingredientes para hacer el pan.
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A veces no quiero y negocio conmigo misma. Estoy ocupada, estoy cansada, estoy en un hueco y así estoy bien, gracias. En las últimas semanas, sin embargo, no he sacado las excusas porque es en este ritual en el que he encontrado algo de la vida que yo sueño. Una en la que lo que me rodea y lo que amo —lo material y lo inmaterial— se eleva, se corporiza y se vuelve realidad. Como el pan mientras está en el horno. El futuro y el pasado desaparecen. Nunca es tan presente como el viernes después de las cuatro.
Mi niña y yo amasamos para que el pan sea suave, echamos más harina cuando la masa está muy blanda, más agua y aceite cuando se pone dura. Amasamos el pan porque ahí nos encontramos, estamos juntas, nos miramos las manos, nos reconocemos. Trenzo mi pan, trenzo el suyo y, como la madre judía que soy ya hace un tiempo, guío a mi hija en el arte de agradecer el momento. Cuando el pan esté listo, prenderemos las velas y daremos las gracias por el hecho de estar vivas.
No sé si, a pesar de la promesa, de la educación y del ritual de iniciación, yo algún día seré o me sentiré realmente judía. No como mi marido, en todo caso, no como mi hija. Cuando decidí integrarme a esta comunidad, me seducían la historia, las tradiciones nuevas y antiguas, la pregunta sobre dios y sobre el universo. Me alejaban, claro, la política contemporánea y las formas patriarcales. Pero, como leí en una columna de Daniel Schwartz, habitar el judaísmo es abrazar esas contradicciones.
En todo caso, vuelvo al pan, al instante de plenitud, a las manos de mi hija que amasan con esmero, a su impaciencia cuando el pan sale hirviendo, pero ella igual le pellizca por los lados en su afán de comérselo ya. Entonces me obliga a encaramarlo sobre la nevera para que haya suficiente para la cena. Los viernes en la tarde son mi momento para recordar a las personas que ya no están conmigo, para agradecer porque en ese recuerdo reviven mis abuelos, mi mejor amiga, el editor joven que partió muy pronto, ese que me dio tantos dolores de cabeza y me llenó de retos para ser mejor. Ahora ellos también existen en este pan trenzado.
Pronto pasamos a la mesa. Rodeada de la familia y las amigas, me libero de las tensiones, las expectativas y los prejuicios del trabajo y del mundo. En nuestra mesa solo hay espacio para el amor despreocupado, los chismes y la risa. Las velas ya están prendidas y la comida nos espera. Bendecimos el vino, bendecimos el pan, llenamos nuestro cuerpo de alimentos y nuestro espíritu de la consciencia de este presente fugaz. No sé qué nos depare el mañana, pero por ese momento, por la ilusión del ahora, henos aquí eternamente.
“Espero / prendo / dos velas / una sola luz / luz para mis ojos / luz para la noche / luz que recuerde el rito / que toque todas las otras manos / todas las otras velas / que cantan al unísono”.
Fragmento de “Lejadlik”, de Mónica Gontovnik.