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Berrionditas, nuestro sobrino Mario Chorlito descubrió dos imitadoras de nosotras en España:

Se llaman Coralia y Maruxa y su estatua vive en la alameda de Santiago de Compostela, la bella capital medieval de Galicia, y los colombianos que las ven ven a Tola y Maruja.
Pero sus historias son distintas: mientras nuestras tías paisas se chuparon La Violencia (cómo habrá sido de violenta la violencia colombiana de los años 50 que la llaman La Violencia, con mayúscula), Coralia y Maruxa sufrieron la violencia franquista.
Eran dos hermanas en una familia de hombres anarquistas y ellas, dos almas serenas, padecieron allanamientos, persecución y hasta violación por parte de los falangistas.
Esto las “rayó” y entraron en una locura inofensiva que consistía en salir vestidas muy colorinches a dar su paseo diario por la alameda, siempre a las 2 en punto, y decirle piropos a los estudiantes: ¡Adiós, guapo!
Subsistían de costureras y de la caridad pública y se convirtieron en personajes de Santiago y su estatua es selfisiadero (nuevo sustantivo del verbo selfisiar, de tomarse selfies) de todos los turistas y peregrinos.
Hablando de peregrinos, mi esposa y yo hicimos el Camino de Santiago, que consiste en caminar jornadas de un promedio de 20 kilómetros por las verdes campiñas de Galicia.
En vacaciones Compostela es un hervidero de peregrinos de todo el mundo que llegan a su destino final, algunos caminando desde Francia durante meses, y se les distingue por el morral, el bordón y la concha de vieira, símbolo del Camino.
Muchos peregrinos se reconocen porque llegan cojeando, con tobillos y rodillas vendadas y llenos de curitas en las ampollas, y los residentes los saludan con un ¡buen camino!
Oigan pues: el día anterior de llegar a Compostela para emprender el camino entre Santiago y Finisterre, el punto más occidental del continente, donde se creía que terminaba la Tierra, y etapa final del recorrido, yo sentí un dolorcito en el pie.
Preciso: una crisis de gota me puso a cojear y mi esposa se doblaba de la risa cuando en las calles empedradas de Santiago alguno me decía ¡buen camino!
¿Pero de dónde viene este peregrinar a Santiago de Compostela? Porque se supone que allí está la tumba del apóstol Santiago el Mayor, pescador de Galilea hijo de Salomé y Zebedeo, que junto a su hermano Juan fueron reclutados por Jesús.
Después de la muerte de Cristo los apóstoles se regaron por los confines del Imperio Romano a predicar y Santiago recaló en Hispania, donde no convenció mucho que digamos.
En algún momento a Santiago le dio por volver a Palestina, dicen que para asistir a la Virgen María en sus últimos días, y que allí Herodes Agripa lo martirizó y decapitó y que sus amigos devolvieron su cuerpo a Galicia… en fin.
Los peregrinos tienen varios motivos para echar pata por esos caminos entre árboles, riachuelos, puentes románicos, hermosas casas de piedra y en algunos tramos ardientes carreteras: fe, ejercicio o meditación.
Yo lo hice por meditación, por saborear el silencio entre efluvios de eucalipto y dejar mi cabeza a su albedrío: por eso lo ideal es hacer el camino con la esposa, porque ya no hay nada de qué hablar… Como dice el genial Negro Aguirre: “Lo que daña la pareja es el diálogo”.
El camino lo hacen personas de todas las condiciones y encuentra uno gente hasta de un solo ojo… o una sola pierna, como vimos a dos con sus muletas y caminando a una velocidad que nos botaron en par patadas.
Nos llamó la atención un viejito de entre 80 y 90 “ruedas”, solo íngrimo, con una rodilla vendada y caminando despacioso y cojineto pero tan constante que nos sobrepasó y no lo volvimos a ver ni en las curvas.
El peligro de meditar es que de pronto se le viene a uno a la cabeza: ¿qué será de la vida de Petro?
Ñapa: ¿Por qué será que los paros de camioneros nos dan saudade del tren?
Ñapita: A propósito de Palestina, ¿ya olvidamos a Gaza?
