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Las peripecias de viajar, según el sobrino de Tola y Maruja

Tola y Maruja

01 de septiembre de 2024 - 12:05 a. m.

Berrionditas, le volvemos a dejar esta querida esquina a nuestro sobrino Mario Chorlito pa que les siga contando su viaje por España:

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Ya saben pues que para estrenar la tercera edad mi esposa y yo organizamos un viaje Uvé-Uvé (V.V.), o sea: vamos viendo. Es decir, sin itinerario, sin hoteles reservados ni buses ni trenes ni entradas a nada.

Hicimos fila en el grupo F para entrar al avión con un desasosiego en el estómago porque nos podrían pesar la maletica o medir el morral o decirnos que la cartera está muy grande y clasifica para bulto.

Pasamos invictos al túnel del abordaje y en la puerta del avión dos policías nos pidieron dejar los morrales y pertenencias en el piso y hacernos contra la pared hombres a un lado y damas al otro, mientras un perro antinarcóticos olía nuestras cosas.

Cuando el perro se detuvo más de lo necesario en el morral de mi esposa los dos palidecimos, pues nos acordamos que habíamos empacado unas gelatinas de pata y un trozo de queso medio rancio. El perro olisqueó varias veces todo y siempre hacía pausa en nuestro morral.

Dentro de cabina dimos gracias al Señor porque nos tocó pasillo, para que mi esposa estirara las piernas pues ya las sillas son tan estrechas que cobran un extra para poder sentarse en salida de emergencia.

No vimos ninguna película durante el viaje porque no sabíamos prender la pantalla y nos dio pena llamar a la azafata para que nos ayudara y mostrar la montañerada sin necesidad.

Como por ganar espacio las sillas no reclinan, tratar de dormir era como bregar a conciliar el sueño sentados en un taburete de nazareno en la sala de espera del odontólogo.

En migración del aeropuerto de Barajas nos tocó una filota para mostrar el pasaporte, mientras otros pasaban como por entre un tubo el aparato que te lee el iris de los ojos.

Mi esposa y yo no quisimos hacer esa vuelta del iris porque una familiar nos dijo que es para robarte la información y que después te llegan por Gúgol propagandas de cirugía de cataratas.

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Era medianoche y el funcionario de migración ni nos miró y selló de una el pasaporte y salimos al inmenso y bello aeropuerto de Madrid, donde pasamos el primer susto: había que coger tren para salir a la calle.

Como el nuestro es un paseo chichipato, preguntamos en información dónde se cogía el bus, a lo que la señora muy amable nos contestó, mirándonos las canas, que a esa hora nos convendría más un taxi.

La palabra taxi nos hizo estremecer porque conocemos los taxistas de Bogotá, que algunos son de respeto, pero las circunstancias nos empujaron a pagar los 33 euros de la carrera.

Un taxista muy gentil nos abrió la puerta de su elegante coche y antes de arrancar puso en el taxímetro el precio justo de la carrera… ni un centavo más. Muy respetuoso, no nos dirigió la palabra y tuvimos nosotros que ponerle conversa.

Ya teníamos reservado el Airbnb cerca de la estación Atocha y habíamos acordado con el amable arrendador que no nos cobraría por llegar tan tarde al hospedaje, pues algunos te abrochan un sobreprecio de hasta 50 euros.

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Cuando nos bajamos del taxi supimos que no sabíamos en cuál apartamento timbrar, pero teníamos el número telefónico del dueño, con un problemita: el celular se nos descargó.

Y pasó algo de no creer: mientras nos recriminábamos mutuamente (dos tercera edad en una calle vacía de Madrid a las 2 de la madrugada) un carro paró a nuestro lado, se bajó una pareja y él comenzó a tomarle fotos a ella con el celular ¡y les pedimos una llamadita!

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Se sale es a sufrir…

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