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El lunes tempranísimo nos dispertó una llamada del presidente Uribe (ojo, los uribistas le decimos “presidente” al expresidente Uribe no por idolatría sino porque ajá) y nos dijo: Hijitas, las necesito urgente en Llanogrande.
Preciso: era pa que le ayudáramos en los preparativos pa recibir la Comisión de la Verdá. Quiero que me asesoren pa que delante del curita De Rus no se me vaya a salir la verdá —nos dijo Alvaricoque con su tonito de San Antoñito.
Lo primero que le dijimos a Uribe fue que se olvidara de lo que tenía listo pa sentase en la visita: una silla estilo Luis XV y una mesa rococó dorada, parapetadas en una tarima.
Ni riesgos, usté no puede vese como un emperador —dijo la asesora Tola—. Y tampoco nos parece presentable que pa los comisionaos tenga estos tres butaquitos de plástico. No señor, ¿qué va opinar la opinión pública, Álvaro por Dios y por la Virgen?
Es que quiero veme imponente, hijitas, pa mandar el mensaje subliminal de que estoy por encima de esa ilegítima Comisión. Inclusive tenía pensao recibilos en la pesebrera, yo montao a caballo y ellos en tabretes, pero a Lina no le sonó.
Ole Alvarín —metí baza—, sumercé sí puede estar en una silla más altica, pa que se vea menos pitufo que el padrecito, pero por ejemplo la mesa debe aparentar humildá: propongo vestila con un mantel blanco.
No, hijita, blanco no, que es el color de la paz y me da agriera... mejor este con estampaos. Tola tendió la mesa y Uribe esclamó: Al pelo, hijita, parece vestida pa una misa... apenas pal sermón que les voy a echar.
Otra cosa, Álvaro —alvertí yo—: ese retrato tuyo como si fueras el corazón de Jesús no puede estar presidiendo la sala, se ve harto montañero. Es que quiero mostrar que soy tan cristiano como el curita mamerto ese.
En esas se arrimó Tomasito y nos dijo: Tías, ¿qué les parece si en medio de la reunión entra una madre de Soacha con los tintos? Sería un símbolo de reconciliación la berraquera.
No fregués Tomás, tan avispaos ustedes, ¿consiguieron una madre de Soacha? —preguntó Tola sorprendida. No exactamente, tía, es Salud Hernández disfrazada.
Hablando de disfraz, Tomás, no me convence que Álvaro salga de sombrero, poncho y carriel —dije yo. Es que mi cucho debe dar la imagen de un pobre arriero traicionao.
No señorito —brincó la capataza Tola—, su taita debe estar de camisa blanca impoluta como su conciencia y cachaco negro, que sería un guiño al comisionao Leyner Palacios, y medias con el tricolor de la bandera y calzoncillos amarillos.
Tías, también toca definir en qué momento interrumpo yo la conversación pa mostrar unos trinos de la comisionada Lucía González lambiéndole a la guerrilla —dijo Tomasito feliz de la pelota.
Tola, que se cree esperta en todo, siguió: Me gusta ese lago al fondo porque da a entender que las investigaciones contra vos están sumergidas, ¿cierto Álvaro? Esa es la idea, hijita.
Bueno, ya tenemos el decorao, vamos con la sustancia: ¿cuáles verdades vas a decir, Álvaro? —pregunté. Yo creo hijitas que el país quiere saber lo del vómito de Jerónimo.
No Álvaro, jalémole al respetico pues, las vítimas esperan que les digás quién dio la orden de los falsos positivos —brincó Tola. Hijitas, qué pesar tenelo que reconocer: los vergajos reclutas me engañaron.
Tías, mi apá debe soltar algún globo que entretenga la galería: proponer una amnistía general. Suena regio, Tomás, pero los hijuemadres opositores van a revirar: Anistía sí, pero no así.
Yo sugiero que mejor Uribe se confiese con el padrecito De Rus y así pueda morir en olor de impunidá... y santo remedio.
