Hoy vino a desayunar el ministro de Defensa Diego Molano, que lo invitamos pa que nos aplicara glinfosato en la cocorota, pues nos garantizó que pone el pelo lindo, chévere.
No entiendo la bronca de la gente con el glifosato, tías —dijo Diego untándole el herbicida a las greñas de Tola—, sabiendo que es inofensivo y deja el cabello brillante y sin canas, como el mío.
Pero algunos campesinos denuncian que el hijuemadre glinfosato les da, mínimo, carranchil —dije yo. No tía, lo que pasa es que los labriegos confunden la sarna con pelagra, que son muy distintas: la pelagra es pura desnutrición.
¡Gas!, güele como amoniaco —se quejó Tola—... tengo ansias. Reconozco que no huele bien —dijo Diego aplicando más veneno en las mechas de Tola—, pero míreme la belleza de color ambarino.
Y espere tantico tía que le va a quedar divino el pelo cuando le pinte los rayitos con paraquat —dijo Diego espulgando un piojo muerto—, ¿o prefiere las iluminaciones con Baygón?
Ole Diego, ¿por qué fumigan la mata de coca si la pobre no tiene la culpa del uso que le dan los mafiosos? —pregunté por variar. Lo que pasa tías es que la coca es la principal causante de nuestra violencia.
¿La coca o la cocaína? —aclaró Tola—, porque una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, Diego: la coca es una mata hasta bonita, de un verde que alumbra, alimento y estimulante de los indios, y la cocaína es otra cosa.
Tías, tenemos que matar la mata que mata pa dejar a los narcotraficantes sin la materia prima de su asqueroso negocio: sin coca no hay paraíso —dijo Diego mandándose un trago de glinfosato.
Eh, Colombia está es pendejiando —dije yo poniéndole el secador a Tola—. Estamos dormidos pa legalizar la tal cocaína: no friegue, que al que le guste esa cochinada la pueda comprar libremente en Carulla... o más barata en D1.
Ni de fundas, tías, no la podemos legalizar porque nuestros hijos la probarían. ¿Y queliace, vos? —dijo Tola cogiendo el espejo pa mirase el pelo—. Si tu hijo la consigue vos lo abrazás y le decís que ese maldingo polvo contiene gasolina, cemento, ácido sulfúrico... ¡Ácido sulfúrico!, el mismo que le avientan a las mujeres en la cara.
Tenemos que legalizar, Dieguín —insistí—, la prohibición no ha traído sino muerte y corrución. Nos tenemos que dar la pela de probar la legalizada... y si nos va mal, pues reculamos.
Ay tía, cómo se ve que sumercé no conoce el calvario de tener un hijo drogadicto. Hijo no, Diego, pero sí nieto... y ajualá fuera cocaína, pero le gusta es el zacol. Y anda de novio de la hija del zapatero, por puro interés.
Pues a mí me parece más inmoral la guerra contra la droga que la misma droga —dijo Tola sirviéndole un trago doble de glinfosato—, porque la droga perfudica solamente al que la consume, en cambio la guerra contra el narcotráfico nos friega a todos.
Yo me late que los más interesaos en la prohibición son los vendedores de armas —opiné—, porque les venden armas a los narcos y al Gobierno pa combatir los narcos: hacen ochas y panochas.
Mire Dieguito —dijo Tola sirviéndole el último cuncho de glinfosato—, olvídese: Colombia no tendrá paz mientras la cocaína sea ilegal. Y los que sabiendo esto insisten en fumigar son malvaos o atembaos. ¿Vos qué venís siendo, ole?
Ñapa: Quizque en su declaración en la Fiscalía Cadena pidió llamar a un amigo pero Uribe no le contestó.
Ñapita: La primera dama nos prestó el borrador de su autobiografía y vamos en el capítulo titulao “El día que conocí a mi gordo”.